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Fuerte de San Carlos en Perote

 

Por David Guerrero Flores

Sus huéspedes se han ido. De guardia sólo quedaron Ferrer y Castell, firmes y atentos a su deber, con los rostros pétreos resistiendo los rayos del sol y las ráfagas de lluvia; estatuas imperturbables frente al polvo que danza con el aire y al paso lento de las ovejas que jamás reparan en el tiempo. Son estatuas de soldados, hechuras de piedra negra que resguardan el impresionante Fuerte de San Carlos, en los linderos de la ciudad de Perote, en el estado de Veracruz.
Construido en la década de 1770, el fuerte de San Carlos formaba parte de un sistema defensivo sobre el camino principal entre México, Puebla y Veracruz. En la historia de la Europa moderna y especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XVII, los imperios marítimos, las colonias y las factorías comerciales de España, Portugal, Inglaterra, Holanda y Francia jugaron un papel preponderante en la búsqueda del equilibrio político continental y trasatlántico. Amén de ello, la maduración de los Estados modernos, es decir, la mejora en los sistemas políticos y administrativos, incidió en la búsqueda de mecanismos para afirmar el control de las posesiones territoriales allende los océanos.
Ante la necesidad de hacer frente a posibles levantamientos indígenas, a motines populares y a los temidos ataques de los piratas ingleses, desde el siglo XVI, en Nueva España, se edificaron casas principales, conventos, iglesias y fuertes militares provistos de torres y almenas, así como de altos y gruesos muros. Con periodos sucesivos de mejora y ampliación, las fortificaciones costeras de Veracruz, Campeche y Yucatán, por el lado del Golfo, y los fuertes de San Diego en Acapulco y San Blas en Nayarit, en el Pacífico, formaban parte de un sistema defensivo militar en el que se inscribió precisamente la historia del Fuerte de San Carlos en Perote.
Se trata de un núcleo de defensa tierra adentro. La construcción tiene forma de cuadrilátero y sus ángulos terminan en baluartes, encomendados, según la religiosidad de la época, a las advocaciones de San Carlos, San Antonio, San Julián y San José. Las cortinas de sus gruesos muros mantienen el vigor de su madurez centenaria, a pesar de las grietas y el desgaste natural de los agentes climáticos. Su foso protector, sus trincheras serpenteantes y las aspilleras que rematan los muros son resultado de una arquitectura militar que buscaba la funcionalidad, al tiempo que la perfección del trazo geométrico.
Michel Foucault, autor de libros sobre el surgimiento de las instituciones modernas, explica, en Vigilar y castigar, cómo en el transcurso del siglo XVIII, los prodigiosos avances de las ciencias físico-matemáticas ejercieron influencia en el diseño de los edificios y de las instituciones relacionadas con sistemas carcelarios, fortificaciones militares, ejércitos, escuelas de enseñanza básica y fábricas.
Se dio lugar, entonces, a espacios con funciones específicas, a partir de cálculos matemáticos que permitirían el ejercicio del poder y el control de los movimientos, las acciones, la producción y las conductas previsibles y disciplinadas de las personas. Todo ello se traducía en un conjunto de medidas, órdenes, códigos, gestos, señales y espacios físicos tan bien delimitados que harían posible el ejercicio de una “microfísica del poder” por parte de un número reducido de personas, frente a los grupos y a la población sujeta a la voluntad rectora de las nuevas instituciones del Estado moderno.
En su diseño original, el Fuerte de San Carlos supuso la consideración de cálculos de ingeniería que hoy se ven materializados en la orientación del edificio, la geometría descrita por el cuerpo central y sus cuatro baluartes, la inclinación de las paredes, el ángulo de tiro, la disposición de las aspilleras, las dimensiones del foso, las obras de defensa, la distribución del espacio en el interior del edificio y, en general, en su presencia estratégica en el Camino Real de México a Veracruz.
De frente al edificio se yergue la Sierra Madre Oriental y dentro de ella la formación volcánica que da nombre a la población. En la cultura náhuatl se le denomina Nauhcampatépetl, que significa “Cuatro veces señor”, advocación de Tláloc, debido a la abundancia de agua proveniente de la sierra, de la condensación de las nubes y de la vitalidad de los manantiales y de los ríos que se forman en sus pronunciadas pendientes.
El Cofre de Perote es una formación maciza de roca ígnea descubierta por la erosión de un volcán extinto y tiene una altura de 4,280  metros sobre el nivel del mar. La tradición popular atribuye su nombre al fundador del asentamiento, un soldado llamado Pedro Anzures, a quien por alto y corpulento lo asemejaron con el volcán; de ahí que los nombres de Pedro, Pero y Pedrote, se transformaran muy pronto en Perote y en Cofre de Perote, dada la apariencia que tiene la mole que corona la montaña.
La población de Perote cumple 481 años de fundación. Desde el inicio de su historia se caracterizó como lugar de paso, paradero de mercancías, recuas, gente de las regiones circundantes y numerosos viajeros extranjeros que describieron con detalle la fortificación y la panorámica de la sierra. Durante la época virreinal y el siglo XIX, el Camino Real atravesaba el poblado de Perote, animándolo con la prestación de servicios de hospedaje, provisión de agua, de comida y de pastura para los animales. En el transcurso de la siguiente centuria, la carretera federal mantuvo el trazo del camino antiguo y sólo hasta décadas recientes la autopista reorientó su trayecto fuera de la población, para reducir el tiempo de recorrido a las ciudades de Puebla y México, o bien hacia Jalapa y el puerto de Veracruz.
En la actualidad, la población se anima con el flujo continuo de vehículos particulares, así como de numerosos transportes de carga. Los paseantes y turistas pueden disfrutar la comida preparada en los restaurantes establecidos por españoles, o bien comprar pan de nata, galletas de piloncillo, dulces tradicionales, frutas en almíbar, así como carnes y embutidos estilo serrano.
En cuanto a recursos naturales, sus bosques de coníferas, antaño abundantes, se ven ahora amenazados por la tala excesiva, la erosión y el cambio en el uso del suelo. No obstante, se han implementado programas estatales para la promoción del desarrollo municipal, sustentados en investigaciones botánicas, con invernaderos de coníferas y asesorías para los agricultores y silvicultores de la localidad. Además, el Parque Nacional Cofre de Perote ofrece una oportunidad para los aventureros que disfrutan los deportes y las caminatas de montaña.
En esta tierra de clima frío, el Fuerte de San Carlos vivió numerosas experiencias. El espacio histórico está integrado por 14 hectáreas de construcción y terreno llano; fue erigido entre 1770 y 1777, por el ingeniero Manuel Santiesteban, durante la administración de los virreyes Carlos Francisco Marqués de Croix (1766-1771) y Antonio María de Bucareli y Urzúa (1771-1779). Por entonces era rey de España Carlos III (1759-1788), el principal reformista de la dinastía Borbón.
La fortaleza sirvió como sistema auxiliar de defensa para la ciudad de Jalapa y el puerto de Veracruz, aunque jamás tuvo la oportunidad de demostrar cuán efectiva era frente a un ataque europeo. Posteriormente, hacia 1823 fue sede del Heroico Colegio Militar. En cuanto obra castrense, participó intensamente en la movilización de tropas durante los pronunciamientos a favor o en contra de los muchos gobiernos que tuvo el país, durante la mayor parte del siglo XIX. En marzo de 1843, el general Guadalupe Victoria, antiguo insurgente y primer presidente de México, buscó refugio contra la enfermedad que lo aquejaba y cobijado en sus paredes cerró los ojos para siempre, a la edad de 58 años. En su memoria, el edificio alberga una escultura de bronce y otras más se aprecian en los parques y plazuelas del municipio.
Durante la guerra de 1847, sostenida entre México y Estados Unidos, el Fuerte de San Carlos sirvió para la concentración de prisioneros de guerra. Con un país dominado por los ejércitos, la fortaleza tuvo una vida dinámica y al mismo tiempo azarosa, al ser utilizada como cuartel de tropas, caballeriza, almacén de pólvora y de municiones. Durante las primeras décadas del siglo XX, se usó como prisión de las huestes federales y constitucionalistas; más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, fue convertido en campo de concentración para los residentes extranjeros y algunos prisioneros alemanes e italianos. De hecho, las características de su arquitectura influyeron para que, a partir de agosto de 1949, se transformara en Reclusorio Central del estado de Veracruz, papel que desempeñó hasta su clausura en marzo de 2007.
Visitar el Fuerte de San Carlos generó en mí dos experiencias contrastantes. Por la parte exterior me fue posible apreciar la arquitectura militar, la precisión y hasta la belleza de su trazo, paralelo a la transformación incesante de su entorno. Muy cerca de la fortaleza yacen olvidadas y destruidas las carcazas de vehículos de carga. No muy lejos son evidentes las invasiones de terreno y la construcción incompleta de casas habitación. En sus claros también están los postes de unas canchas de futbol y por los llanos deambula gente, ganado y estudiantes con el uniforme de la secundaria. Las paredes, el foso, las aspilleras y las obras de defensa se mantienen vigorosas, pero la vegetación, compuesta por pastizales, nopaleras y por las hermosas flores del proverbial toloache, se arraiga en la construcción, minando con vida la cohesión de sus materiales.
El puente de piedra, los cañones apostados y la fachada mantienen el aplomo de su origen militar. Sin embargo, una vez pasado el umbral y leídas las placas de conmemoración del Heroico Colegio Militar, las rejas de hierro forjado anuncian la entrada a una dimensión diferente. Para mí es un mundo extraño, a pesar de haberlo visto en fotografías, películas y documentales. Expresado en una frase, era la sensación de estar en un lugar en el que todos sus inquilinos deseaban salir, mientras que yo entraba voluntariamente en él; un edificio militar que por sus características llegó a convertirse en prisión.
Conducido en singular visita por las celdas abandonadas, observo el pálido reflejo de la vida en la cárcel. Ya no están los presos, pero queda a la vista la dureza del cemento de las literas, el hacinamiento presumible de antaño, las paredes forradas de papel, los retretes inmundos, las celdas de castigo tapizadas de mensajes escritos, de dibujos, de grafitis, de oraciones, constancia del ocio y de la necesidad de los presos por dejar un recuerdo a alguien que nunca se los pidió; por plasmar su pensamiento, sus añoranzas, su “arte”, su presencia y sus demonios más fulgurantes.
Las autoridades encargadas de custodiar el edificio comentan que había clases de prisioneros, de ahí que haya galerones desprovistos de mobiliario para mortificación del preso llano y común; también celdas con literas de cemento; otras con habitaciones pequeñas de madera y de cartón, para el confort e intimidad de los privilegiados; y otras aun más cómodas, si el concepto cabe, para los presos de mayor distinción.
Destinados a los insumisos, los rebeldes, los chivos expiatorios y los castigados, estaban los oscuros separos y en especial la desconcertante celda 38, cubil de las sombras, de la soledad angustiante y de la violencia impune. Más amigables, en cambio, son los patios laterales, los lavaderos, la habitación destinada a las  reuniones de Alcohólicos Anónimos, los letreros de los talleres de panadería, carpintería y herrería, y el amplísimo patio central, otrora plaza de armas, con sus pozos de agua cubiertos por rejas, para evitar accidentes, desapariciones y fugas.
Estar en el Fuerte de San Carlos, dentro y fuera del edificio, en mi tiempo y en el tiempo de hace doscientos años; en el espacio de medio siglo atrás, de un año atrás, de ayer, es una experiencia memorable. Mientras el Cofre de Perote permanece impasible, con un rostro semejante al de Ferrer y Castell, la vida transcurre y un edificio que dignamente llamamos fuerte, sobrevive al paso de los años. Ha experimentado todo con sus muchos habitantes y usuarios. Hoy espera paciente el resurgimiento y su transformación radical, para dejar de ser un lugar de confinamiento y convertirse en un recinto hospitalario, colorido, popular y turístico; un lugar nuevo de recuerdos, de fiesta y conmemoración.
Por primera vez en más de doscientos años, el Fuerte de San Carlos está desierto. Su reanimación, su metamorfosis y su supervivencia dependen hoy como nunca de la voluntad de su población urbana, de sus comunidades rurales, de sus autoridades políticas, de nuestras autoridades federales, de la avidez por conocer y recorrer los recintos próximos y distantes de nuestra historia.

 

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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