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Villa y Zapata en la Ciudad de México

 

Por Elsa Aguilar Casas
Investigadora del INEHRM

 

El 6 de diciembre de 1914, la Ciudad de México vivió uno de los momentos más trascendentales de la historia de la Revolución mexicana; ese fue el día en que los ejércitos de los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata entraron victoriosos a la capital del país: la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur desfilaron en una marcha triunfal por el Paseo de la Reforma para arribar al Zócalo y luego entrar por la puerta grande al Palacio Nacional.

Históricamente, la ruta de las guerras en México tenía como meta final la Ciudad de México; toda fuerza armada sabía que debía trazarse los caminos que lo llevaran a ella, pues la entrada y el desfile por las calles de la capital eran el símbolo de la victoria, el acto que legitimaba el triunfo. La Ciudad de México era el trofeo. En esos días de diciembre las calles se inundaron de gente; los revolucionarios marchaban por el Paseo de la Reforma, unos a caballo y otros a pie; la multitud se aglomeraba para ver pasar a esos hombres de los que sabían algo sólo por los periódicos, pero mirarlos así, en persona, era otra cosa. Unos los recibían con aplausos, los vitoreaban, los contemplaban con admiración; otros simplemente se acercaban con curiosidad para saber cómo era esa gente que peleaba; otros más observaban todo a distancia, temerosos. Pero ¿cuál fue el camino recorrido para llegar a ese momento, para tomar la capital del país?

Tuvieron que pasar 17 meses para que el Ejército Constitucionalista lograra derrocar al régimen ilegítimo del general Victoriano Huerta, a ese gobierno que se instaló en el poder tras el cuartelazo de febrero de 1913 y los asesinatos de Francisco I. Madero y de José María Pino Suárez. Como respuesta a esos sucesos surgió el movimiento liderado por don Venustiano Carranza, cuyo objetivo principal era quitar del poder al presidente espurio y a todos aquellos que le dieron su apoyo en cualquier instancia. Desde marzo de 1913 dio comienzo esa nueva etapa de la Revolución, el constitucionalismo que, como su nombre lo dice, tenía como bandera el apego y el respeto a las leyes, a la Constitución.

Al paso del tiempo el gobierno de Huerta se fue debilitando, pues enfrentaba problemas de toda índole: un importante sector del Congreso en su contra, Estados Unidos que no le vendía armas ni le daba su apoyo, y luego la invasión norteamericana a Veracruz, sólo por mencionar algunos factores que incidían en el ambiente político del país.

Y mientras la gente en el poder debía afrontar todos esos conflictos, surgieron líderes que lograron movilizar a miles de personas para combatir al Ejército Federal, y la guerra entre constitucionalistas y huertistas se desarrolló en varios puntos del país. Los constitucionalistas conseguían triunfos frente a los federales, ganaban batallas y avanzaban hacia el centro del país. El golpe final para el huertismo fue la victoria de la División del Norte, comandada por el general Villa, en Zacatecas, el 23 de junio de 1914. Luego ocurrió la batalla de Orendain, en la que el general Álvaro Obregón acabó de despedazar a los enemigos del constitucionalismo. Las fuerzas del general Pablo González tomaron San Luis Potosí; Manzanillo quedó sitiado; para finales de julio tomaron La Piedad, Michoacán, e Irapuato, Guanajuato. Total que en los primeros días de agosto Obregón y González ya estaban en Querétaro. Algunas fuerzas gonzalistas ocuparon Pachuca y Toluca, mientras que los zapatistas habían tomado Cuernavaca y varios puntos aledaños al Distrito Federal, es decir, ya no había salida para Huerta y su gente, estaban cercados, encerrados en México; bueno, algunos habían logrado huir antes de la llegada de los revolucionarios, como don Victoriano, por ejemplo.

Era el momento del triunfo rotundo de los constitucionalistas sobre Huerta, pero no todo era felicidad, pues había muchos problemas, graves problemas entre los revolucionarios: básicamente diferencias personales, pero también sus proyectos eran muy distintos entre sí. Si bien habían llegado a un acuerdo para conseguir la caída de Huerta, apenas alcanzado ese objetivo, las dificultades entre Villa y Carranza y entre Zapata y Carranza se hicieron cada vez más delicadas. ¿Por qué? Porque habían aceptado el liderazgo de Carranza de acuerdo con el Plan de Guadalupe, pero para estas fechas —agosto de 1914—, muchos ya no querían reconocer a don Venustiano como el jefe de los revolucionarios.

Los tres meses siguientes fueron sumamente complicados, pues si bien se buscó resolver los problemas y llegar a un acuerdo que zanjara las diferencias, según había quedado estipulado en el Pacto de Torreón, la realidad se impuso a las buenas intenciones que pudiera haber entre los involucrados. Encuentros en México y en Aguascalientes, discursos, debates y golpeteos políticos fueron insuficientes para solucionar los conflictos entre unos y otros y para intentar diseñar un proyecto común de desarrollo del país, uno en el que todos estuvieran de acuerdo. En Aguascalientes, la Convención se declaró soberana, ordenó a Villa ceder el mando de la División del Norte y desconoció la jefatura de Carranza. Con saber sólo un poco de la personalidad de estos dos hombres, es realmente sencillo inferir lo que sucedió; obviamente, la respuesta fue no. Sólo se oyó eso: un no de ambos.

Carranza partió rumbo a Veracruz, menos vulnerable a los revolucionarios porque estaba todavía en poder de los invasores norteamericanos, pero al poco tiempo se fueron. Villa ocupó Aguascalientes, lo que le dio el control absoluto y el dominio de la Convención. De aquel estado, los villistas avanzaron a la capital del país, donde se encontraron con los zapatistas. El primer punto de encuentro fue en Xochimilco, lugar en el que los dos caudillos se reunieron el 4 de diciembre, conversaron y firmaron el Pacto de Xochimilco, con el cual se aliaban para combatir al carrancismo.

Dos días después, las principales avenidas de la capital del país fueron ocupadas por los revolucionarios: unos vestidos de manta y huaraches, con su líder portando traje de charro, otros de uniforme caqui. Todos juntos avanzaron por las vías más importantes, sorprendiendo a propios y extraños. De esa presencia se desprendieron muchas historias e imágenes que afortunadamente quedaron plasmadas para la posteridad por la lente de algunas cámaras fotográficas. Zapatistas y villistas, igual que los locales, también se sentían extrañados de las calles, de las formas, de la gente, curioseando unos, atemorizados otros, buscando qué comer, pidiendo un poco de agua. No todos se sentían amos y señores; muchos, más bien estaban asustados.

En fin, si entraron a este o aquel restaurante, si comieron tales o cuales cosas, o si el general Villa se sentó en una silla de Palacio Nacional que creyó era la del presidente y comentó “sólo para ver qué se siente”, es interesante, pero más importante es comprender que ese fue un momento culminante de la revolución campesina, pues fue muy simbólica la presencia de ambos jefes populares en la capital, y más aún en Palacio Nacional. Y también que, cuando parecía que la unión de los dos grandes líderes les permitiría hacer frente común contra Carranza, la realidad fue otra, y que una difícil etapa estaba por comenzar: 1915 llegó acompañado de una nueva guerra, una guerra entre antiguos compañeros.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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