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El Plande Iguala o el triunfo de la estrategia política


 

Por Magdalena Mas
Investigadora del INEHRM

 

El Plan de Iguala logró la conciliación de intereses entre actores identificados con la primera insurgencia y un grupo hasta ese entonces alineado a la política peninsular. Para explicarnos este singular proyecto, debemos entender las circunstancias en que nació, y cómo los intereses de antiguos contendientes pudieron unirse, aunque por diferentes motivos, tras el objetivo de la independencia.

Aunque las enormes diferencias entre los grupos que en ese momento se aliaron explican los convulsos inicios de México como nación, en 1821 esta alianza apareció como un camino hacia la independencia política que, al igual que el liderazgo de Iturbide, fue aceptado, secundado y conducido al éxito por los más disímbolos actores.

En ese sentido, el Plan de Iguala fue nuevamente una reacción ante los acontecimientos en España, al tiempo que unió a grupos insurgentes que, si bien no eran abatidos, tampoco lograban sumar sus esfuerzos, aislados geográficamente y separados por diferencias entre sus líderes.

Mientras los herederos de la revolución de Hidalgo y Morelos continuaban resistiendo los asedios realistas y de hecho, dominaban algunas áreas de Veracruz, Oaxaca y el actual estado de Guerrero, no parecía que pudieran lograr acuerdos entre ellos. Aislados unos, derrotados otros, algunos más acogidos al perdón y a la política conciliadora que había practicado Juan Ruiz de Apodaca, ya no podía hablarse tanto de una contienda extendida por toda la Nueva España, sino de una guerra de escaramuzas, localizada en territorios amplios pero aislados geográficamente, caracterizada por las diferencias entre sus jefes y con dificultades para resistir el asedio realista. Líderes como Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero, aunque no se rendían y continuaban causando bajas al ejército virreinal, no parecían amenazar en forma perentoria el orden establecido.

Para los insurgentes, el objetivo era la separación de España. Sin importar los vaivenes políticos de la metrópoli, existía como principio el desconocimiento de su autoridad. Pero estos vaivenes tuvieron un efecto devastador sobre la Nueva España, cuando la metrópoli regresó al orden constitucional. De nuevo, el argumento fue un Fernando VII amenazado, ya no por los franceses como en 1808, sino por los liberales que le habían hecho jurar la Constitución de Cádiz y quienes, en la persona del monarca, amenazaban también los intereses y el orden de la sociedad colonial.

De 1820 a 1823, se dio en España el que conocemos como Trienio liberal, a causa de una revolución encabezada por Rafael de Riego. Sin destronar al monarca, se le hizo aceptar los principios de la Constitución de 1812 que él había abolido. De esta forma, y mientras ya para unos americanos no se podía pensar más que en la separación, los que habían unido su suerte al monarca empezaron a temer por ella.

Proveniente de sectores del ejército y la masonería, por fin una conspiración en España había puesto en vigor las abolidas normas constitucionales. Se contaba entre éstas la libertad de imprenta, prohibida en 1815; la de pensamiento, cancelada con la restauración de la Inquisición y el derecho por igual a la justicia, clausurado con la sustitución del Tribunal de Justicia por los antiguos Consejos estamentales.

Las noticias del levantamiento llegaron a Nueva España en marzo de 1820, siendo interpretadas como otro brote de descontento contra Fernando, que sería seguramente reprimido. Pero pocas semanas después, se conocía la expansión de este levantamiento en toda la península y la jura real de la Constitución de 1812. Como ya había sucedido en la convulsa historia de España y sus colonias durante los últimos años, el virrey Apodaca decidió esperar. La situación se prolongó un par de meses, hasta que el Consulado de Comerciantes de Veracruz presionó al gobernador José Dávila para adherirse oficialmente al orden constitucional. Lo mismo había sucedido en otras ciudades, de manera que el último día de mayo se juraba la constitución en la Ciudad de México. Inmediatamente se disolvió el tribunal de la Inquisición.

En los primeros días de junio se sucedieron los juramentos del ayuntamiento y de otros órganos de gobierno en la capital del virreinato; entre el 9 y el 11 tuvieron lugar la proclamación pública, el Te Deum y las solemnes misas. Cesaron en sus funciones los tribunales especiales y se formaron los nuevos que, conforme a lo establecido por la Constitución, impartirían la justicia.

La noticia de la restauración constitucional fue bien recibida por amplios sectores que, aún leales a Fernando, consideraban conveniente la apertura comercial, política y de pensamiento; entre ellos se contaban grupos del ejército y comerciantes de tendencias liberales.

Para quienes peleaban por la insurgencia, si bien la Constitución no apoyaba directamente su objetivo, en el fondo era un golpe más al absolutismo y, como veremos, un factor que ayudó a catalizar intereses hasta entonces encontrados, incluso con el mismo ejército que los había perseguido durante 10 años. Por otra parte, los grupos de pensamiento liberal y logias masónicas habían aumentado de uno y otro lado del Atlántico, abonando también el terreno para la consolidación de las independencias americanas.

¿Qué hacían mientras tanto los representantes del orden colonial? Mucho se ha hablado sobre la Conspiración de La Profesa, los conciliábulos que allí tuvieron lugar, y el nombramiento de Iturbide como jefe del ejército realista que combatiría a Guerrero. Lo cierto es que en esa casa de ejercicios espirituales ubicada en el templo de La Profesa en el centro de la capital, el canónigo Matías de Monteagudo reunía a una serie de personajes, eclesiásticos y ex inquisidores principalmente, seguramente alarmados por las recientes reformas, como la libertad de prensa publicada el 19 de junio y a cuyo amparo habían comenzado a circular toda suerte de panfletos y publicaciones.

De esta forma, la posible idea de separarse de España y abolir el orden constitucional pudo ser motivo para buscar un personaje que acaudillara al ejército virreinal en pos de este objetivo. La tradición historiográfica liberal sitúa aquí la concepción del Plan de La Profesa, destinado a la separación si continuaba el constitucionalismo en España, pero que propugnaba un gobierno regido por la corona española. La orden oficial sería acabar de una vez con las tropas insurgentes del sur.

En este escenario, cobró protagonismo un militar criollo originario de Valladolid que se había destacado en las filas realistas persiguiendo y abatiendo a los insurgentes. Se trataba de Agustín de Iturbide. Procedente de familias vascas de gran fortuna, había ingresado al ejército realista desde muy joven y reprimido varios de los movimientos que tuvieron origen en su ciudad natal. Esto le valió el ascenso a comandante del Ejército del Norte, cargo del que debió separarse por la acusación de prevaricaciones y abusos.

Había sido exonerado, y retirado del ejército alternaba la administración de sus posesiones con sus estancias en la Ciudad de México, cuando del grupo que se reunía en La Profesa, surgió la propuesta de nombrarlo jefe del Ejército del Sur, donde Gabriel Armijo no había podido vencer a Vicente Guerrero y a Pedro Ascensio. Dicho nombramiento se hizo efectivo el 9 de noviembre de 1820, y apenas una semana después partió Iturbide a la Comandancia del Sur y de Acapulco.

Su habilidad y pragmatismo político están fuera de discusión. Valiéndose de su nuevo nombramiento y de la popularidad de que gozaba en el ejército, no le fue difícil impulsar los acontecimientos de una forma muy distinta a la que de él se esperaba. Supo comprender que el lazo con España se hallaba debilitado por todas partes: los absolutistas eran contrarios a la puesta en práctica de la Constitución; los insurgentes estaban convencidos de que, aun con las libertades que ésta prometía, no se le haría justicia a la patria independiente por la que luchaban; por su parte el ejército, estaba cansado de vejaciones y peligros frente al trato privilegiado que recibían las tropas expedicionarias españolas.

¿Qué podía unir a todos estos sectores? Iturbide comprendió que en esos momentos la independencia aparecía como una posibilidad mucho más ventajosa para todos. La religión, como factor que aglutinaba a la población novohispana, y la unión entre sus integrantes, convencieron a los actores políticos de la Nueva España, y él tuvo la visión política para encarnar inquietudes tan diversas.

Muy probablemente el Plan de Iguala se empezó a preparar a finales del mismo año de 1820, mientras el futuro emperador desarrollaba una intensa campaña epistolar entre realistas e insurgentes. Con el tacto y la habilidad que lo caracterizaban, a cada uno le pintó las ventajas de unirse y lograr la independencia de España. La adhesión de todos al Plan de Iguala propició una campaña de apenas siete meses, con escaso derramamiento de sangre, culminada con la separación de la metrópoli.

Factor fundamental fue Vicente Guerrero. Recién llegado Iturbide a las provincias del sur, probó sus armas contra las del líder insurgente. No logrando vencerlo, le escribió el 10 de enero de 1821 para que se uniese al Plan. Su respuesta fue redactada el 20 del mismo mes, en términos categóricos: no se uniría a ningún proyecto que considerase seguir unido al ”[…] partido del rey”. Iturbide entonces lo instó a reunirse con él, reunión que, como sabemos, culminó en el llamado Abrazo de Acatempan. Así se sellaba la renuncia de Guerrero al liderazgo de la causa independiente, que pasaba a expresarse en los postulados del Plan de Iguala, y el mando por parte de Iturbide del Ejército Trigarante.

Pero la importancia del Plan de Iguala no procede únicamente de esa habilidad conciliadora. El documento contiene una propuesta de organización política y jurídica que conjunta las ventajas del constitucionalismo con las de la monarquía. Además, fue redactado en términos que sólo podían provenir de un profundo conocimiento de la realidad americana, sistemáticamente ignorada en España, por absolutistas y liberales.

Para empezar convocaba a todos los americanos: europeos, criollos, indígenas o descendientes de negros y asiáticos, es decir, reconocía a todos los nacidos en esta tierra el derecho inherente de la ciudadanía. Proponía, después de las divisiones y la extrema violencia de la guerra, un discurso reconciliador.

Muy razonablemente, hacía ver que los habitantes de nuestro país, fuera cual fuera su origen, tenían aquí sus intereses, su prosperidad y su posibilidad de futuro. La primera garantía que establecía el documento era la de una religión única, la católica. La segunda, la de un gobierno nacional, independiente de España aunque no de sus reyes, pues la corona sería ofrecida en primer término a Fernando VII y después a quienes ostentasen por orden los derechos sucesorios, como Emperador de la América Septentrional. Por último, la unión entre todos sus habitantes terminaría con odios y divisiones sembrados desde el inicio de la Guerra de Independencia.

Proponía la formación de una Junta Gubernativa que ejerciese el poder en tanto Fernando o alguno de los Borbones pudiera venir a ocupar el trono. Al mismo tiempo se convocarían Cortes constitucionales, las cuales debían redactar una Carta Magna “…análoga al país”. Planteaba el derecho a la ciudadanía, la propiedad, y a los fueros y posesiones especiales de estamentos como el clero, los empleados públicos y, desde luego, el Ejército de las Tres Garantías.

Proclamado el Plan en la ciudad de Iguala el 24 de febrero de 1821, empezó a contar con la adhesión paulatina, tanto del ejército realista como del insurgente, fundidos ahora en el Trigarante. Animados por el ejemplo de Guerrero, se unieron a esta causa Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria por los insurgentes. Anastasio Bustamante, y Luis Quintanar en el Bajío, por los realistas. Los avances hacia Querétaro, Azcapotzalco y Puebla dejaron prácticamente a la capital aislada, en una situación exactamente inversa a la que privaba poco más de un año antes. El virrey Apodaca, acusado de tibieza ante los avances trigarantes fue depuesto y en su lugar se nombró al mariscal Pedro Francisco Novella, quien ya no pudo hacer más que esperar la llegada de la última autoridad enviada por España a nuestras tierras. Juan O’Donojú, liberal y masón unido a la revolución de Riego, firmó los Tratados de Córdoba, que hacían oficial la separación de España y cuyo espíritu se basaba en el Plan de Iguala. Primer Plan exitoso de los muchos que se sucederían a partir de entonces, concluyó el periodo de la Guerra de Independencia para abrir el siguiente, no por soberano menos sangriento y complejo, del México decimonónico.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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