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La muerte del Padre de la Patria

 

Por Miguel Ángel Fernández Delgado
Investigador del INEHRM

 

Al momento de ser fusilado por las fuerzas republicanas, durante una de las sacas o ejecuciones extrajudiciales en Madrid, al inicio de la Guerra Civil española, el escritor español de la Generación del 98, Ramiro de Maeztu (1875-1936), pronunció las siguientes palabras que se han hecho célebres: “Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero: ¡Para que vuestros hijos sean mejores que vosotros!”. Aunque no conocemos la última expresión de Miguel Hidalgo, se hallan perfectamente documentados los gestos y actitudes con las que el Padre de la Patria dejó testimonio de no retener encono alguno hacia sus verdugos ni de partir a la otra vida arrepentido sino con plena certeza de haber hecho lo correcto, y de que su sacrificio no sería en vano, como si hubiera hecho suya la sentencia de Ramiro de Maeztu.

El 21 de marzo de 1811, después de ser capturados en las Norias de Baján por el traidor Ignacio Elizondo, Hidalgo, Allende, Jiménez, Abasolo, Aldama y multitud de insurgentes, que sumaban más de 1300 personas, entre las que se contaban varias mujeres, fueron amarrados y escoltados hacia Monclova. En el trayecto, los cabecillas fueron llevados a la herrería del francés Marcos Marchant, quien preparó esposas bien remachadas para cada uno. Al llegar a Monclova repartieron a los reos entre el Hospital Militar y la capilla de la Purísima. A los caudillos, a diferencia del común de los presos, se les permitió recibir visitas. La familia Montemayor se encargó de llevar alimentos especialmente preparados para el cura de Dolores. También fueron visitados por el brigadier Nemesio Salcedo, comandante general de las Provincias Internas, quien les ofreció el indulto del virrey Venegas, con lo cual asegurarían un tratamiento más benévolo. Sin embargo, Hidalgo y Allende contestaron orgullosos: “El indulto, señor excelentísimo, es para los criminales, no para los defensores de la patria”.

Después de consultar con el virrey, se decidió finalmente que a los 27 líderes insurgentes se les juzgaría en la villa de Chihuahua, por haber sido aprehendidos dentro de su jurisdicción, adonde fueron conducidos el 26 de marzo bajo la custodia del teniente coronel Manuel Salcedo, gobernador de la provincia de Texas e hijo del brigadier Salcedo. En la hacienda de San Lorenzo, cerca de Parras, se separó a los clérigos insurgentes, con excepción de Hidalgo, para ponerlos al cuidado del capitán Juan Francisco Granados quien los conduciría hacia Durango. Los demás continuaron con Salcedo el largo y angustioso periplo hasta Chihuahua que concluyó hasta el 23 de abril. De inmediato fueron recluidos en el ex Colegio de la Compañía de Jesús y en el convento de San Francisco. A Hidalgo le correspondió el cubo de la torre de la iglesia del ex Colegio, convertido en Hospital Militar, que tenía la apariencia de una fortaleza o torreón de castillo medieval. Los vecinos se enteraron del suceso porque el brigadier Salcedo había dictado un bando apercibiéndolos de ello y en el que también avisaba que se castigaría cualquier muestra de simpatía y todo tipo de injurias hacia los reos.

Melchor Guaspe, español nombrado alcaide de la prisión especial para los líderes insurgentes, se encargó de su custodia. Hace poco se dio a conocer la existencia de un diario en el que Guaspe describe los últimos días de Hidalgo y de otros insurgentes. No incluye información novedosa, pero ayuda a confirmar los datos que se conocían por otras fuentes.

A los prisioneros se les recogió su ropa bajo inventario, así como “catorce buenos relojes”. Estos últimos fueron depositados en la tesorería, y la vestimenta la guardó el alcaide para ordenar su aseo y cambio semanal. Mandó también que a la guardia asignada de 15 soldados, un cabo y un sargento, se agregaran centinelas en los patios y las azoteas durante las noches, con la consigna de correr la voz de alerta cada cuarto de hora. Designó también como carcelero o custodio exclusivo de Hidalgo al cabo Miguel Ortega. Ordenó, asimismo, que a los presos se les diera de comer chocolate con pan por las mañanas; sopa de arroz de olla y principio al mediodía; para la cena, a las 5 de la tarde, temole, asado de carnero y frijoles.

Por su condición sacerdotal, el cura de Dolores fue sometido a dos procesos, uno eclesiástico y otro militar, ambos dirigidos por una Junta, presidida por el coronel Salcedo. El de orden castrense fue el primero. Comenzó el 7 de mayo y concluyó un mes más tarde. Al día siguiente, el 8 de junio, la causa de Hidalgo pasó al juez eclesiástico.

El resto de los prisioneros sólo fueron juzgados militarmente. Algunos de ellos, incluido Mariano Hidalgo, hermano del cura, y el coronel José Santos Villa, pariente de ambos, fueron condenados a la pena capital el 6 de junio. Apenas veinte días después, en la Plaza de los Ejercicios, Allende, Aldama y Jiménez fueron fusilados por la espalda y decapitados. Abasolo fue condenado a prisión perpetua. De la muerte y condenas de todos sus compañeros estuvo al tanto Miguel Hidalgo desde su celda.

A diferencia de otros reos, durante su proceso, sin contar con defensor y en medio de numerosas irregularidades, el cura de Dolores no delató ni culpó a nadie de sus actos. Tampoco dudó en momento alguno sobre la utilidad, justicia y beneficios que traería la independencia a la nación mexicana. Se justificó a sí mismo y al movimiento calificando al gobierno español

de tiránico y despótico, que ha tenido esclavizada la América por 300 años, y a los españoles europeos de tiranos y déspotas, usureros, ambiciosos, enemigos de la felicidad de América, impíos, traidores, libertinos, vilipendiadores del sacerdocio, asesinos de la religión, del rey y de la patria; que han calificado a los americanos de indignos de toda distinción y honor; que tenían vendido el reino a una nación extranjera, tan pronto a los franceses, tan pronto a los ingleses… y que si así no les constase, nunca hubieran desenvainado la espada contra los europeos.

Confesó que, al encabezar la insurgencia, jamás se arrepintió de sus decisiones, aunque sí de la forma violenta de llevarla a cabo. Aceptó haber levantado ejércitos, fabricado armas, acuñado moneda, nombrado jefes y oficiales, dirigido manifiestos a la nación y haber enviado a los Estados Unidos un representante que, se enteró, había muerto antes de llegar a su destino.

Al ser interrogado sobre los asesinatos de españoles cometidos en Valladolid, Guadalajara y otros lugares, contestó que era responsable de los perpetrados en las ciudades pero no de los demás, pues había sido despojado del mando insurgente. También se insistió en que explicara por qué no se les había formado proceso a los prisioneros y contestó que no tenía caso, que bien sabía que eran inocentes, pero invocó “el frenesí” que se había apoderado de él y que llegó a nublarle la vista.

Cuando se le preguntó quién lo nombró defensor del reino de la Nueva España y juez competente de las ventajas de la independencia, no dudó en responder, según asentó el secretario:

el derecho que tiene todo ciudadano cuando cree la patria en riesgo de perderse, sin contrabalancear la teoría con los obstáculos que las pasiones y la diferencia de intereses, oponen siempre a empresas como la suya.

Acerca de las banderas o escudos de armas que decidió utilizar para identificar a los suyos, respondió:

No hubo orden ninguna asignando armas algunas; que no hubo más sino que al pasar por Atotonilco tomó una imagen de la Virgen de Guadalupe en un lienzo que puso en manos de uno para que la llevase delante de la gente que lo acompañaba y de ahí vino que los regimientos pasados y los que se fueron después formando tumultuariamente tomaran la misma imagen de Guadalupe por armas, a la que al principio agregaban generalmente la del señor Don Fernando Séptimo, y algunos también el Águila de México.

Tanto en su juicio militar como en el eclesiástico, al momento en que los jueces pusieron en entredicho su conciencia religiosa y sus sentimientos de sacerdote, Hidalgo reiteró su fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, apostólica y romana; rechazó las acusaciones de desviaciones, errores o herejías en cuestiones de fe y dogma, e insistió en que había cumplido siempre con sus deberes sacerdotales. Pero no pudo ocultar que la forma en que se había desarrollado la lucha insurgente era irreconciliable con la doctrina del Evangelio y con su estado eclesiástico, por lo que se dedicó a redactar un manifiesto que, una vez terminado, pidió al comandante Salcedo lo diera a conocer “por todas partes para descargo de su conciencia”. En él destacaba su sincero arrepentimiento por haber derramado o haber dejado que se derramara sangre inocente:

¿Cuál será mi sorpresa, cuando veo los innumerables pecados que he cometido como cabeza de la insurrección? Yo veo la destrucción de este suelo que he ocasionado, las ruinas de los caudales que se han perdido, la infinidad de huérfanos que he dejado, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y lo que no puedo decir sin desfallecer, la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos.

El 7 de junio se le pidió al cura de Dolores ratificar, ampliar o corregir, según el caso, lo que había expresado en su manifiesto. Luego de leer el documento que se le presentó, lo ratificó y añadió que nadie lo había obligado a redactarlo, además de desear no sólo más tiempo sino también la serenidad y luces necesarias para ampliar lo escrito y para satisfacer los llamados del tribunal de la Inquisición, cuyos edictos había despreciado. Apenas tres días después, Hidalgo contestó de su puño y letra los cargos inquisitoriales que ya había contestado en noviembre pasado, desde Valladolid, rechazando en debida forma los cargos de hereje y apóstata de la religión, explicando con gran entereza las causas por las cuales había decidido encabezar la causa insurgente. También realizó una confesión general sacramental ante fray José María Rojas, monje del convento de Guadalupe de Zacatecas, que estaba de misiones en Chihuahua.

Por sus declaraciones y escritos, es muy probable que Hidalgo llenara los momentos de soledad de sus últimos días orando y leyendo la Biblia. En el ínterin, su don de gentes le hizo ganarse la simpatía del alcaide Guaspe y del cabo Ortega. El primero se dio cuenta, en menos de una semana, de que ni al cura ni a Jiménez, Allende y Aldama les gustaba el chocolate que les servían en prisión, por lo que pidió le enviaran diariamente de su casa del mismo que a él le llevaban en otros cuatro pozuelos con sus respectivos bizcochos. Lo mismo hizo con la comida del mediodía. Así compartió con ellos la misma sopa, el arroz y su principio, sin faltar el postre de arroz con leche. Desde el comercio de su propiedad, Guaspe hizo traer cigarros para participar de ellos a todos sus ilustres prisioneros, excepto Allende, que sólo fumaba puros. A este último le compartía los que él mismo disfrutaba. Miguel Ortega no hizo menos que Guaspe. Aunque Hidalgo debía estar incomunicado y continuamente vigilado, le hacía llegar algunos refrescos y golosinas que le enviaban los vecinos de Chihuahua. El principal caudillo de la insurgencia jamás se enteró de que tenían un plan para liberarlo, encabezado por Salvador Porras y el presbítero Mateo Sánchez Álvarez, que fracasó  por haber sido descubierto.

El 29 de julio, entre las 6 y las 7 de la mañana, el Dr. Francisco Fernández Valentín, canónigo de la Catedral de Durango, en el mismo Hospital Militar, frente a varias autoridades religiosas, civiles y multitud de curiosos, procedió a realizar la degradación canónica de Hidalgo, pena que consistía en privarlo de todos sus títulos, privilegios y bienes eclesiásticos, despojándolo además de las señales exteriores de su carácter sacerdotal, conforme a la ceremonia prescrita en el Pontifical Romano.

Al terminar el acto solemne, se le obligó a ponerse de rodillas para escuchar su sentencia de muerte de labios del comandante Salcedo. Los cargos principales fueron alta traición y “alevosos homicidios”, concretamente la matanza de españoles en Guanajuato, Valladolid, Guadalajara y a lo largo del camino de Zacatecas a Saltillo. El obispo de Durango, Francisco Gabriel de Olivares, pidió que se le mitigara la pena, no imponiéndole la capital ni la mutilación de miembros. Sin embargo, fue condenado a morir fusilado, aunque, por su carácter clerical –en realidad ya no lo tenía–, se decidió que no se le ejecutaría en público, como en el caso de Allende y los demás caudillos, y que se le tiraría al pecho y no por la espalda. Posteriormente, se dispuso su encapillamiento y se le nombró confesor al padre Juan José Baca, el mismo que asistió espiritualmente a la mayoría de sus compañeros ajusticiados.

Hidalgo se mantuvo íntegro en sus últimas horas, pero, ante todo, mostró una serenidad rayana en lo que algunos juzgaron indiferencia, pues antes de ser puesto en capilla solicitó autorización para pasar a la sacristía donde fumó un cigarro y conversó con quienes ahí se encontraban como si se tratara de un día cualquiera.

Una vez encapillado y ya con grilletes, le dijo a Guaspe que, a pesar de su condición, no perdonaría a su esposa el vaso de leche con marquesote que le enviaba diariamente a las 11 de la mañana, y así se cumplió. Para las otras comidas del día también exigió lo que era costumbre, las cuales disfrutó con el mismo apetito de siempre. Antes de irse a la cama, elevó piadosamente sus plegarias, y durmió, de acuerdo con los testigos, con gran tranquilidad.

Hidalgo no perdió en momento alguno ese buen humor que le valió siempre la simpatía de la gente. Al alcaide Guaspe, de quien se despidió como si hubieran sido amigos de toda la vida, le obsequió una valiosa cajuela de rapé. Luego de ser ejecutado, sus carceleros descubrieron el siguiente agradecimiento que les dejó escrito con carbón en las paredes de la celda.

Ortega, tu crianza fina,
tu índole y estilo amable,
siempre te harán apreciable
aun con gente peregrina.

Tiene protección divina
la piedad que has ejercido
con un pobre desvalido
que mañana va a morir,
y no puede retribuir
ningún favor recibido.

Melchor, tu buen corazón
ha adunado con pericia
lo que expide la justicia
y exige la compasión;

Das consuelo al desvalido
en cuanto te es permitido,
partes el postre con él
y agradecido Miguel

te da las gracias rendido.

Al amanecer del 30 de julio de 1811, se presentó el padre Baca para darle los últimos auxilios espirituales. Hidalgo se confesó, fue absuelto y recibió la comunión. Poco tiempo después, para desayunar no le llevaron la leche que por costumbre le servían en vaso aparte con su chocolate. Al advertirlo alegó, como si fuera su última voluntad, que no debían privarlo de lo habitual aunque pronto sería fusilado. Como si nada, saboreó su chocolate con su porción extra de leche.

De camino al paredón, ubicado detrás del hospital militar, mientras un tambor ejecutaba fúnebres redobles y las campanas de los templos anunciaban que había llegado el momento de orar por el condenado, Hidalgo recordó que había dejado unos dulces en su celda. Pidió cortésmente que fueran por ellos y se detuvo a esperarlos, mientras concluía sus rezos sosteniendo un breviario en la mano derecha y un crucifijo en la izquierda. Al llegar las golosinas, comió algunas y repartió las demás entre los 12 soldados del pelotón, comandado por el teniente Pedro Armendáriz, pidiéndoles que dispararan directo a su pecho.

Cuando se gritó fuego, los soldados habían quedado tan impresionados por el valor y tranquilidad del líder insurgente, que no pudieron apuntar bien, de tal manera que tres descargas no acabaron con su vida. Fue necesario darle el tiro de gracia. La agonía de Hidalgo culminó por fin a las 7 de la mañana.

Por instrucciones de Calleja, se debía cortar la cabeza de Hidalgo, como se había hecho con Aldama, Allende y Jiménez. Al caer la noche del mismo día, se colocó su cadáver sobre un tablón dentro del edificio, donde un indio tarahumara, de nombre Juan Teporame, en presencia del coronel Salcedo, lo degolló de un tajo con un machete curvo, acto por el que recibió 20 pesos. Cuenta la tradición oral, que dio a conocer Miguel Collado en un artículo periodístico en abril de 1944, que Juan Teporame fue infeliz el resto de sus días porque se enteró demasiado tarde que había decapitado a un sacerdote. El cuerpo sin cabeza fue velado y enterrado por la hermandad de penitentes franciscanos en la capilla de San Antonio.

Las cuatro cabezas de los caudillos, conservadas en sal, llegaron a Guanajuato a mediados de octubre de 1811 y fueron colocadas, por orden de Calleja, en jaulas de hierro y colgadas en los cuatro ángulos de la alhóndiga de Granaditas. Se les descolgó el 28 de marzo de 1821 por orden de Anastasio Bustamante; luego se les dio sepultura en el panteón San Sebastián de Guanajuato. Poco después, un decreto del presidente Vicente Guerrero declaró a Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez Beneméritos de la Patria. Los cráneos fueron exhumados y depositados en la Catedral de México el 17 de septiembre de 1823, al término de una fastuosa ceremonia.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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