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Manuel de Mier y Terán:
la intermitencia de su “eterno descanso”


 
 

Por Raúl González Lezama
Investigador del INEHRM

 

Reconocido por sus contemporáneos como un hombre dotado de una excepcional inteligencia, talento, esmerada educación y unos modales irreprochables, el general insurgente Manuel de Mier y Terán parecía el candidato ideal para ocupar un día la presidencia de la República.

Había nacido el 18 de febrero de 1789 en la Ciudad de México, fue el hijo de Manuel de Mier y Terán y Maria Ignacia de Teruel y Llanos. Cursó sus estudios en el afamado Colegio de Minería y, al estallar la revolución de independencia, se unió al movimiento bajo las órdenes de José María Morelos.

El cura de Carácuaro había tenido un gran tino al elegir a sus colaboradores; prueba de ello fueron Mariano Matamoros, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria, los Galeana, los Bravo, etc. De este grupo, Mier y Terán fue considerado el más brillante de todos, distinción que reconocían incluso los realistas.

Al morir Morelos, Mier y Terán se convirtió en una de las cabezas principales de la insurgencia, pero después de algunas graves derrotas y decepciones, decidió acogerse al indulto y retirarse a la vida privada. Volvió a la vida pública cuando fue proclamado el Plan de Iguala.

En el México independiente prestó sus servicios como ministro de Guerra y tuvo una decisiva participación en la victoria contra las fuerzas invasoras de Isidro Barradas, que en 1829 intentaron reconquistar México para España; sin embargo, sus méritos le fueron escamoteados por Antonio López de Santa Anna, quien se atribuyó toda la gloria de la campaña. Pocos años más tarde, este mismo personaje lo desplazó de la contienda por la presidencia.

En 1832, encontrándose en Padilla —entonces capital de Tamaulipas—, tuvo deseos de conocer los detalles que rodearon a la muerte del emperador Agustín de Iturbide. Los vecinos le narraron los últimos momentos del consumador de la Independencia y le mostraron la casa que le sirvió de prisión, el lugar donde fue fusilado y finalmente su sepulcro. En ese sitio, Mier y Terán permaneció largo rato sumido en intensas reflexiones e invadido de una profunda melancolía.

Al día siguiente de su visita se levantó muy temprano, vistió su uniforme con especial esmero y regresó al cementerio de Padilla; esta vez sin ninguna compañía. Ahí desenvainó su espada, la apoyó sobre una superficie firme y se arrojó sobre ella, quitándose la vida.

Los autores coinciden en que Mier y Terán se suicidó el 3 de julio con su propio acero en la Iglesia de San Antonio en Padilla, pero respecto del lugar, las versiones consignan tres distintos; a saber: a espaldas de la Iglesia —donde fue fusilado Iturbide—, ante el sepulcro del emperador y en la habitación donde pasó sus últimas horas antes de la ejecución.

Sus ayudantes, creyendo adivinar los últimos deseos del general, depositaron su cuerpo en un ataúd de hoja de lata, en la misma fosa donde descansaba Iturbide.

Cuando el 22 de agosto de 1838, en ceremonia oficial con la presencia del gobernador de Tamaulipas, se realizó el acto oficial de exhumación de los restos de don Agustín para ser trasladados a la Catedral de México, los de Mier y Terán fueron encontrados en “un cajón de hoja de lata”, hecho que ayudó a corroborar la autenticidad de la tumba del emperador. Según el acta oficial que se levantó ese día, los restos de Iturbide fueron colocados, para su traslado, en una urna de madera forrada de terciopelo negro. Por su parte, los de Mier y Terán fueron nuevamente depositados en el sepulcro donde fueron hallados.

Una leyenda forjada en el transcurso de muchos años afirmaba que, debido a una confusión, los restos del emperador Iturbide depositados en la Catedral metropolitana, eran en realidad los del general Terán; circunstancia poco probable, dado el cuidado y detalle con que se había realizado la exhumación. Sin embargo, pese a contar con gran cantidad de pruebas sobre su autenticidad, el equívoco fue ganando popularidad y permaneció por más de cien años. Por fin el mito pudo ser destruido gracias a un circunstancia excepcional y al interés y porfía de un grupo de estudiosos tamaulipecos.

Con motivo de la construcción de la presa Vicente Guerrero —que inevitablemente inundaría el cementerio de Padilla—, Florentino Cuéllar, Miguel A. Rubiano y Eliseo Paredes, miembros de la Sociedad Tamaulipeca de Historia y Geografía de Matamoros, se empeñaron en rescatar de las aguas los restos mortales de Manuel Mier y Terán, para lo cual planearon la exhumación, con todo cuidado, el 5 de diciembre de 1972. Valiéndose del texto del acta de 1838, lograron ubicar sin lugar a dudas la tumba que compartieron Iturbide y Terán.

Después de remover una loza de piedra de un metro de ancho, dos de largo y quince centímetros de espesor, iniciaron la excavación. A unos sesenta centímetros de profundidad comenzaron a aparecer algunos huesos y trozos de lámina de latón; sin embargo, también se encontraron con el nivel de agua de la presa. El lodo que encenagó la fosa les obligó a drenar el líquido antes de descubrir la mayor parte de la estructura ósea. La posición de los fémures y tibias les permitió determinar que el cuerpo del general había sido inhumado con los pies dirigidos hacia la Iglesia y la cabeza orientada a la plaza donde fue fusilado el emperador.

Aparte de los huesos se encontraron los tacones de vaqueta de su calzado y dos botones de su uniforme, elementos que confirmaban la identidad de los restos, pues el emperador Iturbide fue sepultado con el hábito de los religiosos de San Francisco. Los restos óseos se secaron al sol y se trasladaron al Museo de Historia de Casamata de la ciudad de Matamoros en una urna de cedro, donde fueron expuestos provisionalmente al público, en espera de la construcción de una rotonda, en donde descansarían, junto con los de otros tamaulipecos ilustres.

En 1982, el presidente municipal Jorge Cárdenas dispuso que los restos se depositaran en el monumento consagrado a Mariano Matamoros; también ahí fueron trasladados, desde el panteón del Tepeyac, los del general Lauro Villar. De esta manera, un grupo de tamaulipecos, comprometidos con la historia de México, logró salvar de la inundación y del olvido los despojos de un distinguido insurgente.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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