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La conspiración de Querétaro (1810)

 

Por Miguel Ángel Fernández Delgado
Investigador del INEHRM

Los hechos dificultosos,
                                                                       Tales como los presentes,
                                                                       Los emprenden los valientes,
                                                                       Los concluyen los dichosos.

Versos escritos por Antonio Téllez, conspirador de Querétaro.

 

Detrás de todo gran movimiento de masas hay una gran conspiración. Sin atrevernos a convertir esta tesis en ley universal, pues muy pronto se hallaría gran número de excepciones, podemos apuntar que el alzamiento que derivó del grito de Dolores tuvo como antecedente inmediato a un grupo nutrido de conspiradores, a los que hoy apenas se recuerda, pues la historiografía se centra por lo general en Miguel Hidalgo y los líderes de los eventos de armas que vinieron después.

A raíz de la invasión francesa de la península ibérica y del secuestro de Carlos IV y Fernando VII, se crearon juntas de defensa en las principales ciudades españolas, que tomaron el lugar de las autoridades municipales y locales. La primera se constituyó en Asturias, en mayo de 1808. Unos meses después, en septiembre, se creó en Madrid la Junta Central Suprema, presidida por el conde de Floridablanca y compuesta por dos diputados por cada junta provincial, para asumir interinamente el gobierno español. A la entrada de Napoleón, en noviembre, la Junta huyó primero a Aranjuez y después a Sevilla.

Las noticias del drama español se conocieron en gran parte del territorio iberoamericano entre los meses de julio y agosto de 1808. El rechazo de las oligarquías americanas hacia el invasor francés fue unánime, así como las declaraciones de lealtad a Fernando VII. Pero al enterarse de la aparición de juntas provinciales en España, no tardaron en formar las propias.

En la Nueva España, las máximas jerarquías se dieron por enteradas de las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII el 14 de julio de 1808. A los pocos días, la élite criolla, encabezada por Azcárate y Primo de Verdad presentó la fallida Representación que postuló el retorno de la soberanía al pueblo, representado por el Ayuntamiento bajo el mando del virrey Iturrigaray, pero las autoridades peninsulares no estaban para escuchar propuestas de gobierno. La Inquisición novohispana promulgó un edicto que prohibía la lectura de escritos que influyeran o apoyaran el desacato ante las legítimas autoridades y, entre el 15 y 16 de septiembre, un grupo de hombres armados asaltó el palacio virreinal, tomando preso al virrey Iturrigaray y a su familia, así como a los regidores Primo de Verdad y Azcárate, entre otros líderes que apoyaban un régimen alterno. En cuestión de horas, la Real Audiencia reconoció como virrey al mariscal Pedro Garibay, cuyos méritos consistían en ser el decano militar español con mayor graduación en territorio nacional.

Estas medidas, en lugar de calmar las aguas, las hicieron calentar a fuego lento, hasta que la inconformidad empezó a brotar como las burbujas que anuncian el inicio del proceso de ebullición. Al igual que en una olla, comenzaron a hervir los deseos de crear juntas novohispanas que hicieran las veces de las españolas. No sabemos todos los nombres ni conocemos la totalidad de los lugares en que ocurrió, pues se trataba de grupos clandestinos; pero al analizar en retrospectiva la pronta dispersión y los lugares de origen de los principales insurgentes, podemos aventurar que, por lo menos, esto ocurrió en la zona centro de México y el Bajío.

En 1809 ya se conspiraba en Valladolid (hoy Morelia) y Querétaro, donde residían los principales grupos de conjurados, con ramificaciones de muy diversa índole en Celaya, San Miguel el Grande, Dolores, Tlalpujahua... los cuales se reunían bajo el pretexto de celebrar tertulias artísticas y literarias. En su mayoría eran integradas por criollos de buena posición económica. Al respecto, nos recuerda Niceto de Zamacois, que los conspiradores “procurarían que cada junta apareciese aislada, para el caso de que alguna fuera descubierta, dejando así a las otras continuar sus trabajos, o de que habiéndose interrumpido la secuela, se ocultaría la complicidad”.

La agrupación de Valladolid, que comenzó actividades en septiembre, fue encabezada por José Mariano Michelena, José María García Obeso y fray Vicente de Santa María. Se proponía crear una Junta de Gobierno, de la cual surgirían juntas menores para representar a cada provincia de la Nueva España, en tanto Fernando VII seguía prisionero de los franceses. Fue descubierta el 21 de diciembre de 1809, y algunos de sus integrantes fueron reducidos a prisión.

La siguiente conjura que se dio a conocer fue la de Querétaro. Sus nexos con Valladolid eran innegables, pues Michelena era amigo del corregidor Miguel Domínguez y viajó a Querétaro para entrevistarse con Allende. El corregidor ya había dado motivos para que se sospechara de su fidelidad a la corona española desde septiembre de 1808, cuando fue acusado, junto con el alférez real Pedro Septién y el regidor Manuel Bárcena, de negarse a proclamar a Fernando VII y de comulgar con las ideas del depuesto virrey Iturrigaray. Los implicados negaron las acusaciones y, por el momento, no tuvieron resonancia. Protegidos por sus cargos de autoridad y en virtud de vínculos con las máximas jerarquías, lograron, transitoriamente, desviar la atención sobre su sociedad secreta.

Al igual que en Valladolid, la máscara de las reuniones en la ciudad de Querétaro eran las veladas bohemias para compartir lecturas de autores y poetas dilectos, acompañadas de música y toda suerte de improvisaciones artísticas. Entre estas últimas también apareció el arte de conspirar contra el gobierno virreinal. Sus integrantes se identificaban con el nombre de socios de la Academia Literaria o bajo el más original de Los Apatistas, porque decían que se les creía apáticos o despreocupados de otra cosa que no fuera el deleite de las musas. Regulares de este singular grupo eran, además del corregidor Domínguez y su esposa, doña Josefa Ortiz, Pedro Antonio de Septién Montero y Austri, el marqués de Rayas y el presbítero José María Sánchez. En casa de este último se realizaban por lo general las reuniones, ubicada en la calle del Descanso número 14 (hoy Pasteur sur núm. 40), a la que también asistían Juan N. Mier y Altamirano, Antonio Téllez, Mariano Lazo de la Vega, el Lic. Arellano, José I. Villaseñor, Epigmenio González, José Lozano, fray Anselmo Castillo, el Lic. Lorenzo de la Parra, José María Buenrostro, Manuel Delgado, Felipe Coria, Luis Mendoza, Manuel Prieto e Ignacio Pérez. Entre 1808 y 1810, participaron en las juntas un número indefinido de personas. La investigación del Dr. José Martín Hurtado Galves (Los queretanos en la conspiración de 1810, 2007), que se vale de testimonios judiciales en su mayoría, arroja 105 nombres, aunque algunas estimaciones elevan la cifra por arriba de los 400.

Para disipar la suspicacia de las autoridades y no dar motivo a los fisgones, los conspiradores tenían al menos otros 14 domicilios, los cuales fueron utilizados en diferentes épocas. En el callejón Ciego número 2 (luego calle de Lojero, hoy andador Libertad Oriente núm. 54), se ubicaba una de las casas en donde Miguel Hidalgo pernoctaba al visitar la ciudad. Otros inmuebles, uno propiedad de los hermanos Epigmenio y Emeterio González, cuñados de Allende, en la plaza de San Francisco (actual calle 16 de Septiembre esquina con Juárez) y la casa de Francisco Araujo (sin datos de ubicación), se empleaban como almacenes de armas y municiones.

Se supone que todos los conspiradores hacían “juramento de secreción y fidelidad”, bajo pena de muerte en caso de violar su palabra. Aunque no existe prueba fehaciente, todo parece señalar que, antes de que Miguel Hidalgo entrara en contacto con ellos y se convirtiera en líder de la conjura, Epigmenio González Flores (1778-1858), pulpero y comerciante queretano, fue uno de sus principales dirigentes. Este hombre, apodado “El Colorado” e injustamente relegado al olvido de los libros de historia patria, junto con su hermano menor, Emeterio, no sólo resguardaba un arsenal, sino que también pagaba la fabricación de armas. Gracias a su Relación sucinta de los principios de la revolución de Independencia en 1810 (1853), sabemos que, invitado por Ignacio Allende, el cura de Dolores se entrevistó con don Epigmenio en los últimos días de agosto de 1810. De este modo se enteró de sus planes para orquestar un levantamiento armado y de su proyecto, una vez superado el enemigo, de proclamar un emperador y varios reyes feudatarios. La idea no fue del completo agrado de Hidalgo en un principio, hasta que Allende logró convencerlo de que valía la pena respaldarla.

En cuanto al lugar y la fecha para dar inicio a la subversión, se celebró asamblea extraordinaria el 7 de agosto, a la que asistieron Hidalgo y José Mariano Galván, empleado de la oficina de correos y hombre de confianza del corregidor Domínguez, que en dicha oportunidad fue nombrado secretario de los conspiradores. Se discutieron los alcances de la conjura, los planes, recursos y personas comprometidas. Los testimonios varían en lo esencial, pero sugieren que entre el 22 de septiembre y el 2 de octubre se daría el grito en forma simultánea en San Miguel, Dolores, Valladolid, Guanajuato y Querétaro. En esta última ciudad de concentrarían las fuerzas armadas. La entrada triunfal a la capital mexicana tendría lugar el 12 de diciembre de 1810. Mientras tanto, se organizarían bailes periódicamente para atraer oficiales del regimiento de Celaya, suponiendo que la sangre criolla de la generalidad ayudaría a captarlos en las redes de la conspiración.

En otra reunión, el 13 de agosto, se discutió la mejor forma de convocar a las masas. El regidor y alférez real, Pedro Septién, sugirió que, si no había más salida que la revolucionaria, “como los indígenas eran indiferentes al verbo libertad, era necesario hacerles creer que el levantamiento se lleva a cabo únicamente para favorecer al Rey Fernando [VII]”. No sólo los indios, sino la mayor parte de los habitantes de la Nueva España, aun buena parte de los criollos conspiradores, creían que el verdadero enemigo era Francia bajo las riendas de Napoleón Bonaparte y los afrancesados españoles. Sólo el regreso de Fernando VII, el Deseado, garantizaría devolver al monarca legítimo al trono y la soberanía nacional a su verdadero depositario. Este tema desataría amargas discusiones cuando se quiso eliminar la máscara de la independencia. Un informe leído con posterioridad, señalaba que “los sediciosos” debían llevar “un estandarte de la Señora de Guadalupe para alucinar al pueblo”.

Las autoridades virreinales comenzaron a sospechar a mediados de agosto, pues ordenaron que cualquier disposición relativa a Querétaro fuera enviada primero al sargento mayor José Alonso, comandante de la guarnición, sin dar traslado al corregidor Domínguez. En las tertulias de Los Apatistas ya se escuchaba el rumor de una traición y se barajaban algunos nombres.

El 31 de agosto, reunidos en casa del padre Sánchez, se le informó a Allende que debía partir hacia San Miguel, ante la orden de cambio de fuerzas militares. Una vez que arribó a su destino, le escribió a Hidalgo para proponerle el inicio del alzamiento durante la feria de San Juan de los Lagos, los primeros ocho días de diciembre, pues así se harían de mayor cantidad de seguidores.

A comienzos de septiembre, Allende, Juan Aldama e Hidalgo visitaron el arsenal localizado en la casa de los hermanos González, dando cuenta de varios cartuchos, escopetas y lanzas; en un encuentro posterior, el cura pidió fabricar armas con mayor celeridad, pues ya tenían apalabrados a varios peones y a unos 200 jinetes.

A su regreso a Dolores, Hidalgo mandó llamar a ciertos miembros del batallón provincial de Guanajuato, con los que probablemente había sostenido pláticas de antemano, para comprometerlos a integrar nuevos miembros de su grupo al movimiento. Luego informó de esto a Allende, quien a su vez encargó al capitán Joaquín Arias que iniciara la revuelta en Querétaro con el batallón segundo de Celaya y vigilara los movimientos del enemigo, para lo cual le confió 2000 pesos destinados a las tropas. En lugar de cumplir la encomienda, Arias dilapidó el dinero como vil tahúr y, luego de un pleito callejero por el que fue apresado durante un mes, delató a la mayoría de los conspiradores.

Hubo otras denuncias que precipitaron el inicio del movimiento: la de José Mariano Galván quien, asustado por las dimensiones que cobró la conjura, reveló todo al administrador de correos de Querétaro, y las dos que hizo por escrito el alcalde ordinario Juan Ochoa al oidor Guillermo Aguirre, el 10 y 11 de septiembre. La más grave, porque dio pie a los primeros arrestos, fue la confesión que hizo, in articulo mortis, el Dr. Manuel Mariano Iturriaga, canónigo de Valladolid, al cura Rafael Gil de León. Al mismo religioso le confió algo similar, aunque no en el confesionario, Francisco Bueras, quien aseguró que comenzarían por degollar a los españoles de un momento a otro.

El 14 de septiembre, Rafael Gil de León, quien simpatizaba con los conspiradores, dio aviso al corregidor Domínguez. Don Miguel aparentó estar al margen del asunto y encabezó la pesquisa. En comitiva con el escribano real Juan Fernando Domínguez y del comandante Ignacio García Rebollo, se presentó en el domicilio de los hermanos González con la orden de realizar un cateo, en el que se hallaron armas y cartuchos, en un número estimado de 2000 piezas, por lo que procedieron a su arresto. Al mismo tiempo, veinte hombres al mando de García Rebollo fueron a los domicilios de otros conjurados, los cuales fueron detenidos, en su mayoría, la noche del 15 de septiembre.

En la Relaciónde don Epigmenio, relata el drama que entonces padecieron los líderes del movimiento:

Amaneció el memorable día 15, y comenzaron por tomarnos declaración en Casas Reales. El pobre Corregidor don Miguel Domínguez manifestaba en el semblante una palidez mortal, acaso temiendo que en aquellos momentos saliése de mis labios su perdición. Ello no fue así y al salir de su apuro observé que su color natural le había vuelto.

También por la mañana de aquel histórico día, Josefa Ortiz de Domínguez llamó a Ignacio Pérez, sotalcaide o alcaide de cárcel, quien además de servir como espía al servicio de la esposa del corregidor, había invitado en un principio a Epigmenio González y a muchos otros a unirse a la conspiración de Querétaro, para que fuera a San Miguel e informara de la situación a Allende e Hidalgo. Como no encontró al capitán Allende, Pérez avisó a Aldama, quien luego partió en compañía de Allende al pueblo de Dolores para ver al cura. Éste es el célebre suceso que, en unas horas, provocaría el famoso grito que inició el proceso de independencia, pero hay que recordar que también hubo otro emisario, Francisco Lojero, que, por encargo de Antonio Téllez, había partido, también a caballo, con el mismo propósito. Algunos historiadores añaden a esta lista de enviados o conjurados que actuaron por iniciativa propia para dar aviso a Hidalgo y Allende los nombres de los queretanos Mariano Lozada, el barbero Luis Mendoza –que acompañó a Ignacio Pérez–, Miguel Rivascacho, Crescencio Rivascacho, Antonio Ortiz y José de la Luz Gutiérrez.

Al anochecer de la misma jornada, fue librada orden de aprehensión contra el corregidor, su esposa y otros conspiradores. Don Miguel Domínguez fue conducido al convento de la Cruz, doña Josefa a la casa del alcalde ordinario y luego al convento de Santa Clara. El resto de los conjurados fueron enviados a los conventos del Carmen y San Francisco.

De lo anterior se elaboró un informe que remitió el alcalde ordinario Juan Ochoa al virrey Venegas, que había llegado a la capital hacía apenas un par de días. El 20 de septiembre de 1810, el alcalde de corte, Juan Collado, enviado ex profeso por Venegas, dictó la orden de libertad para la mayoría de los detenidos, salvo para los hermanos Epigmenio y Emeterio González, por habérseles encontrado armas y papeles incriminatorios. Se les trasladó a México y luego se ordenó su destierro a Filipinas, de donde solamente don Epigmenio logró regresar en 1838.

Las autoridades queretanas pusieron especial cuidado en proteger las plazas militares de Valladolid y Querétaro. En esta última ciudad, sabemos por testimonio de Epigmenio González, “comenzaron a abrir fosos, levantar trincheras y hacer todos los preparativos de defensa”, pues, conforme iba avanzando la insurrección, se concedió mayor importancia a las denuncias en los lugares donde habían surgido conspiraciones. A pesar de ello, muchas veces a costa de su vida, libertad o fortuna, la generalidad de los conspiradores queretanos continuó prestando servicios a la insurgencia.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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