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El bicentenario de la Junta de Zitácuaro

 

Por Miguel Ángel Fernández Delgado
INEHRM

 

La Suprema Junta Nacional Americana, mejor conocida como Junta de Zitácuaro, denostada por Alamán y Mora como un “centro convencional al que sólo muy impropiamente podría llamarse gobierno”, fue reivindicada por Carlos María de Bustamante. En décadas recientes, otros historiadores han demostrado que constituyó el primer paso en la búsqueda por institucionalizar la insurgencia. No fue la primera en concebirse, pero sí la primera que logró establecerse y por ello merece el reconocimiento como institución pionera para el gobierno del México independiente.

A raíz de la invasión francesa a la Península Ibérica que dejó al trono español sin rey, se crearon Juntas de defensa para hacer frente al enemigo, las cuales a poco se transformaron en Juntas de gobierno. Por el mismo motivo, aparecieron otras en tierras americanas, como la Suprema Junta Gubernativa del Reino de Quito (1809) y la Junta Suprema de Caracas (1810), que Torre Villar supone, por las similitudes en el número de integrantes y funciones, sirvieron de inspiración a Ignacio López Rayón.

A finales de agosto de 1808, llegaron a la Nueva España comisionados o cartas de las Juntas de Sevilla, Valencia y Zaragoza para solicitar el reconocimiento oficial. Las autoridades locales no sabían a cuál de ellas obedecer, por lo que acordaron “que no se reconociese por soberana de la monarquía a ninguna junta de las de España, mientras no constase serlo por disposición del Rey, o reconocimiento general de la nación”. El 15 de septiembre del mismo año, el virrey Iturrigaray fue derrocado, pues la Audiencia sospechaba que, aprovechando la fiebre juntista, trataría de independizar al reino y convertirse en monarca.

Pero la idea de crear una Junta no desapareció. En Valladolid (actual Morelia) surgió un grupo que buscó construirla, pero fue descubierto y desintegrado. El relevo lo asumieron los conspiradores de Querétaro y al hacerlo desataron el movimiento insurgente encabezado por Miguel Hidalgo.

En Saltillo, los caudillos insurgentes ordenaron a López Rayón regresar al centro del territorio, dirigiendo el grueso del ejército, con José María Liceaga como segundo al mando. Desde Zacatecas, en abril de 1811, Rayón —como se hacía llamar— y Liceaga, convencidos de la justicia de su causa, expusieron a Félix María Calleja que “la religiosa América intenta erigir un Congreso o Junta Nacional bajo cuyos auspicios… permanezcan ilesos los derechos del muy amado señor don Fernando VII”. Sin molestarse en darles respuesta, Calleja ordenó su captura, mientras ellos continuaron su camino hacia Michoacán. Luego de algunos enfrentamientos armados, Rayón se estableció en la villa de Zitácuaro, lugar estratégicamente privilegiado por su ubicación geográfica. No conforme con ello, ordenó obstruir los caminos, retirar las provisiones y forrajes en las inmediaciones y cavar una zanja a su alrededor. Desde entonces, Zitácuaro se convirtió en la principal fortaleza militar insurgente y pronto en sede de su gobierno.

El 13 de julio, Rayón ya tenía pensado formar una junta nacional con autoridad suprema, pues así lo hizo saber por oficio a José María Morelos. Se celebró una asamblea de generales insurgentes el 19 de agosto, en la que se acordó la instalación de una “Suprema Junta Nacional Americana que, compuesta de cinco individuos, llenen el hueco de la soberanía”. De este modo se ponía en práctica una tesis original de la segunda escolástica, la cual sostenía que el poder de los monarcas surge del pueblo y, en caso de estar ausentes, regresa al pueblo como su depositario original. Resultaron electos como vocales Rayón, en carácter de presidente, Liceaga, y el teólogo José Sixto Berdusco, cura de Tuzantla y apoderado de Morelos, de quien fue compañero desde los días del seminario. Hecha la protesta por los vocales, se solemnizó la ceremonia “con juramento de fidelidad al rey don Fernando VII”. A los pocos días se invitó a Morelos para participar como cuarto vocal. Las facultades de la Junta de Zitácuaro serían muy similares a las de la Junta Suprema Central Gubernativa creada en la Península en 1808, pues su función principal, además de gobernar, sería administrar justicia y constituirse como una especie de secretaría de guerra, que también fabricó moneda y trazó un plan de reformas fiscales.

El grupo de informantes conocidos como los Guadalupes se pusieron en contacto con Rayón para hacer un nuevo intento por secuestrar al virrey Venegas (tres meses antes, en abril, había fracasado en ello Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín y su grupo), para trasladarlo a Zitácuaro y obligarlo a renunciar para que Rayón continuara los planes juntistas, pero fueron delatados un día antes.

La Junta convocó a la oficialidad, gobernadores y alcaldes de indios de las poblaciones próximas para prestarle juramento de fidelidad y obediencia. Con el objeto de deshacerse de ladrones que se hacían pasar por insurgentes, la institución llevaba el registro de todos los caudillos que participaban con alguna clase de mando, siendo avalados o corregidos los títulos militares que ostentaban; por otro lado, Rayón dictó un plan de operaciones militares para servir de norma a los jefes que actuaban por iniciativa propia, en el que destacaba la expresa prohibición de todo acto de saqueo; además, se fijó un salario para la tropa. Fue necesario juzgar y pasar por las armas a quienes ignoraron su autoridad; aun así hubo quienes jamás se sometieron a ella, como Albino García y los hermanos Villagrán. Sin embargo, la mayoría de los jefes guerrilleros acostumbraba informarle de sus operaciones y sugerirle nuevos nombramientos. La Junta fue reconocida por cerca de 50 poblaciones, sobre todo en el territorio de Michoacán y sus alrededores, y en las plazas dominadas por Morelos. Por otro lado, hizo cerca de un centenar de nombramientos militares de todas graduaciones en Guadalajara, Valladolid, Guanajuato, México, Oaxaca, Veracruz y Puebla.

A principios de octubre de 1811, el cura Antonio Palafox visitó Zitácuaro para intentar persuadir a Rayón de abstenerse de construir gobiernos paralelos al virreinal. Como no siguiera su consejo, desde Guanajuato, el realista Félix María Calleja dio a conocer una proclama en la que negaba la autoridad de cualquier junta nacional salvo la reunida en las cortes de Cádiz y ofreció recompensa de diez mil pesos por la cabeza de Rayón y los demás vocales. El 2 de enero de 1812, el ejército virreinal lanzó un ataque contra Zitácuaro, que concluyó con el incendio de la villa.

Los vocales de la Junta lograron huir, junto con más de quinientos hombres, y llegar al pueblo de Tlalchapa. Poco tiempo después, decidieron establecerse en el Real de Minas de Sultepec, donde continuaron sus labores en las tres ramas de gobierno: legislativa, ejecutiva y judicial, apoyados por asesores, tenientes de justicia y subdelegados que ejercían la jurisdicción contenciosa, civil y criminal en las zonas aledañas, los cuales eran nombrados por la Junta. La dirección de las operaciones militares continuó según la costumbre.

También echaron mano del llamado cuarto poder: la prensa. El doctor José María Cos, recién incorporado a la insurgencia, creó un periódico en una imprenta de madera hecha con sus propias manos, hasta que los Guadalupes le hicieron llegar una con tipos de metal. El Ilustrador Nacional fue protagonista de esta guerra de información apoyada por intelectuales como el propio Cos y Rayón, el doctor Francisco Lorenzo de Velasco y, más tarde, Andrés Quintana Roo. Sus principales colaboraciones fueron el célebre manifiesto del doctor Cos y sus Planes de Paz y Guerra, en los que el zacatecano aclaró que la lucha que realizaban era con respecto al gobierno de la Península, mas no buscaban la independencia del soberano común. También justificó la existencia de su gobierno, pues “La soberanía, que reside en la nación, está resumida en la Suprema Junta, conservadora de los derechos del rey”. Por su parte, el doctor Velasco colaboró primero y dirigió después el Ilustrador Americano, que se imprimió primero en Sultepec y luego en Tlalpujahua.

Mientras esto sucedía, el presidente de la Junta se dedicó a redactar los Elementos de nuestra Constitución. El documento, que envió a Morelos desde Zinacantepec el 30 de abril de 1812, seguía en términos generales la doctrina jurídica hispánica, en concreto, la Constitución de Cádiz, y se inspiraban en ciertas leyes inglesas. Si bien apuntaba soluciones en aspectos fundamentales como el orden y los poderes del gobierno, las funciones de sus cuerpos, los derechos individuales basados en el derecho natural y de gentes, declaraba la independencia, creaba las figuras del Protector Nacional y de los representantes de Ayuntamiento de provincia, e instituía algunas fiestas cívicas, el proyecto incluía un par de retrocesos considerables como lo eran la subsistencia de un “Tribunal de la fe” para vigilar el dogma de la religión católica, y el depósito de la soberanía nacional en la persona de Fernando VII. A partir de noviembre, Morelos le hizo llegar sus observaciones, entre las que subrayaba “que se le quite la máscara a la Independencia, porque ya todos saben la suerte de nuestro Fernando VII”.

Como en su momento lo hicieron Hidalgo y Mariano Jiménez, la Junta buscó la ayuda de los Estados Unidos. A mediados de junio de 1812, Berdusco y Liceaga tenían listos los papeles que llevaría un embajador y ministro plenipotenciario para la “Corte” de Washington. El proyecto no se concretó, no sólo porque no lo firmó Rayón, entonces en campaña, sino porque se vieron forzados a desalojar intempestivamente la plaza amagada por las fuerzas realistas.

De nueva cuenta, a principios de abril de 1813, desde Tlalpujahua, Rayón buscó el auxilio del vecino país del norte, para lo cual entregó las debidas credenciales al coronel Francisco Antonio Peredo; también inició intercambio epistolar con el arzobispo de Baltimore, pero el embajador no logró abandonar el territorio y nada se concretó. El presidente de la Junta también solicitó ayuda a Haití, segundo país independiente de América.

El ataque a Sultepec provocó que los vocales se separaran. Berdusco y Liceaga volvieron al mismo lugar, pero Rayón fue obligado a salir por las tropas de Joaquín del Castillo. Fue hasta principios de julio cuando se encontraron en Tiripetío. Decidieron entonces que a cada vocal le correspondería una demarcación territorial con el grado de capitanes generales: A Berdusco tocó el poniente (Michoacán), a Liceaga el norte (Guanajuato), a Morelos el sur (Oaxaca, Veracruz y Puebla) y a Rayón el oriente (México).

Rayón hizo de Tlalpujahua su centro de operaciones. Aquí estableció también la “imprenta de la nación” y mandó fabricar armas y reclutar nuevas tropas. Se le había unido Andrés Quintana Roo a mediados de 1812 y fray Vicente de Santa María llegó a principios de 1813. Quintana fundó el Semanario Patriótico Americano, uno de los más aguerridos diarios insurgentes. Santa María elaboró un proyecto de Constitución que se ha perdido.

En la demarcación poniente, Berdusco organizó la milicia insurgente, captó recursos para sostener el movimiento e impartió justicia. Se desplazó por Ario, Tancítaro, Uruapan y Pátzcuaro. Sin consultarlo con el resto de los vocales, decidió tomar Valladolid a finales de enero de 1813, pero fracasó rotundamente. Tanto lo afectó la derrota, que renunció a su cargo de vocal; luego se retractó, pero comenzó una lucha virulenta contra Rayón. Al teólogo se unió José Francisco Pedro Argandar, colaborador incansable que recorrió el territorio michoacano en busca de subsidios económicos y ofreció sus vastos conocimientos al servicio de la Junta.

Liceaga comisionó a Francisco Javier Casate para reunir a la tropa dispersa en Valle de Santiago, pero fue sorprendido por Agustín de Iturbide y obligado a retirarse junto con el doctor Cos. Regresó a Yuriria, a principios de agosto, e informó al presidente Rayón de la intercepción de un convoy en Salamanca, con lo que obtuvo gran cantidad de armamento. Fortificó uno de los islotes de la laguna de Yuriria, que llamó Isla Liceaga. Engrosaron sus filas el inglés Nelson y el mayor de plaza José María Santa Cruz, quienes construyeron galeras para fundir cañones, fabricar pólvora y acuñar moneda. En la pequeña imprenta del Dr. Cos nació la Gazeta del Gobierno Americano en el Departamento del Norte, en la cual se dieron a conocer todos los partes de guerra de la zona. Sin embargo, creyó en las palabras de Berdusco contra Rayón, y fue convencido de que buscaba despojarlo del poder en el departamento del norte.

Las campañas de Morelos en el sur son bien conocidas. Pero ni siquiera su enorme prestigio fue capaz de salvar las intrigas al interior de la Junta, que obligaron a los jefes insurgentes a tomar partido por uno u otro vocal. A pesar de que Rayón los convocó para tratar en persona sus problemas, Berdusco ignoró sus llamados. En su lugar, junto con Liceaga, publicó un bando en el que se declaraba a Rayón traidor y enemigo de la patria “por haber intentado amonarcarse”. Rayón no permaneció al margen. El 7 de abril promulgó otro bando en el que anunciaba la suspensión de los vocales Berdusco y Liceaga por “oprimir a los pueblos y vejar a los particulares, tratando además de sostener con ellas el proyecto monstruoso de hacerse independientes en lo que llaman sus departamentos”.

Refugiados en Surumuato, Berdusco y Liceaga propusieron a Morelos desconocer a Rayón como presidente de la Junta. Por su parte, el jefe Manuel Muñiz se rebeló contra Berdusco, desconociéndolo junto con Liceaga. Rayón se reconcilió poco después con este último, pero el daño ya estaba hecho. En agosto de 1813, desde Puruándiro, Rayón anunció la agonía de la Junta: “olvidad, ciudadanos, el melancólico cuadro que ofrece la historia de la Junta de Zitácuaro, casi disuelta ya a impulsos de tramas execrables y pasiones fermentadas por la torpeza y la intriga”.

A finales de junio, Morelos había lanzado la convocatoria para el Congreso de Chilpancingo. De los tres vocales convocados, sólo Berdusco asistió puntualmente a la cita; Liceaga se incorporó a finales de octubre y Rayón a principios de noviembre, antes de que se suscribiera el Acta de Independencia.

Según Guzmán Pérez, las causas de la desintegración de la Suprema Junta Nacional Americana se debieron a que nunca se desvinculó de la imagen de Fernando VII, jamás concibió una verdadera constitución y nunca entregó el mando supremo a una sola persona. En cierta forma lo reconoció Rayón al decir: “No fue capaz el vigor de mis esfuerzos para mantener ilesa la unidad [de la Junta]”.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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