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Juan Álvarez, el último insurgente

 

Por Emma Paula Ruiz Ham
Investigadora del INEHRM

 

Juan Álvarez Hurtado nació el 27 de enero de 1790 en un paraje de los terrenos surianos del México colonial: el pueblo de Atoyac, actualmente municipio de Atoyac de Álvarez, estado de Guerrero.

Para ese momento hacía algunos años que sus padres —Antonio Álvarez y Rafaela Hurtado— habían fijado allí su residencia, y emprendido un camino que les permitió —por cierto tiempo— compartir la vida en familia en una zona cuyo desarrollo económico a lo largo de los siglos se vio favorecido por la caza, la pesca, la ganadería y la agricultura.

Sin olvidar la existencia de las grandes propiedades concentradas en pocas manos y las diferencias étnicas y sociales de sus habitantes, estos y otros aspectos integraron la población de Atoyac durante el periodo novohispano.

En medio de un escenario como tal, de 1790 a 1799, la infancia del niño Juan corrió paralela a los esfuerzos del señor Álvarez por hacerse de bienes con los cuales consolidar cierta posición social y buscar la seguridad material para su progenie. Lejos se encontraba ya su tierra natal de Santiago de Compostela, en Galicia, España; indiscutiblemente los recuerdos lo ligaban a ella, pero la realidad exigía la acción inmediata y no la contemplación. Mientras tanto, la señora Hurtado, acostumbrada a la vida en las regiones de Tierra Caliente y la zona costera, al ser originaria del puerto de Acapulco, se daba a la complicada tarea de ser esposa y tener bajo su atención la crianza de un hijo.

Aun cuando esa enorme responsabilidad quedó interrumpida el 3 de mayo de 1799, a consecuencia de su muerte, podríamos suponer que doña Rafaela ofreció a Juan —entre otros elementos— una serie de enseñanzas básicas sobre moral cristiana que acercaron el mundo a un niño de nueve años de edad.

Juan Álvarez recibió educación formal en la Ciudad de México, sin embargo, de acuerdo con sus biógrafos, esa etapa únicamente duró alrededor de tres o cuatro años. Si tomamos en cuenta que al morir su padre en febrero de 1807 Juan se encontraba en la capital de la Nueva España, es posible inferir que se trataba de un joven provinciano de 17 abriles que intentaba adaptarse al ambiente de la gran urbe, en contraste con la propia dinámica de su terruño y el fuerte temperamento que cada vez más moldeaba su personalidad.

Entre 1807 y 1810, Juan Álvarez se vio en la necesidad de enfrentarse solo a su destino. Pese a que el señor Antonio le había heredado “unos 28,000 o 30,000 pesos en dinero, alhajas, bienes en el campo y una casa”, tal parece que atravesó por momentos difíciles, aunque no del mismo carácter ni tan singulares como los que habrían de venir en las siguientes seis décadas en las que dio mucho de qué hablar en la arena política regional y nacional.

A unos dos meses de su cumpleaños número veintiuno, tras enterarse del movimiento que inició el cura Miguel Hidalgo en el pueblo de Dolores, Juan Álvarez se presentó el 17 de noviembre de 1810 ante José María Morelos y Pavón, en San Nicolás de San Miguel Coyuca (población cercana a Acapulco), decidido a tomar las armas para luchar por la libertad política de lo que posteriormente se constituiría como país. Para ello, no le importó —o por lo menos estaba convencido de lo justo de la causa defendida— separarse de su esposa Faustina Benítez, pese a que en ese mismo año habían contraído matrimonio. Más tarde volverían a estar unidos y procrearían tres hijos: Diego, Encarnación y Félix.

La valentía, decisión y coraje que demostró Juan Álvarez en las distintas campañas militares que encabezó El Generalísimo, fueron reconocidas y recompensadas entre 1810 y 1814, fase de activa participación dentro del ejército insurgente. De soldado, llegó a ser sargento primero, teniente de infantería, capitán, teniente coronel, coronel y por último comandante militar de San Luis en Costa Grande y del Río de Zacatula. Derrotado por el realista José Gabriel de Armijo el 15 de abril de 1814, en Pie de la Cuesta, y frente a la amenaza del enemigo, se vio obligado a permanecer durante cuatro años en las zonas montañosas y, aunque en circunstancias distintas, continuó dando batalla en esporádicos encuentros.

El fusilamiento de Morelos representó un duro golpe para la revolución, en tal grado, que casi agoniza ésta entre 1815 y 1821. Las filas adelgazaron sobremanera; sólo algunos hombres permanecieron leales a Vicente Guerrero, principal insurgente que mantuvo el foco de la insurrección en el sur. Siguiendo su ejemplo, por supuesto se destacaron otros individuos, como Juan Álvarez, quien en 1819 logró salir del “aislamiento” en el que estaba, obtuvo varios triunfos en Acapulco y reconoció a Guerrero como el jefe de la milicia.

Álvarez no dejó de prestar sus servicios sino hasta la capitulación del puerto de Acapulco acaecida el 5 de octubre de 1821. Meses antes, había tenido lugar el acuerdo político conquistado por las negociaciones entabladas por Agustín de Iturbide y el pacto que estableció con Guerrero, posibilitando así la libertad de México. La obra de Juan Álvarez en la revolución de Independencia trascendió los campos de batalla, ya que hizo causa común con Faustina Benítez al prestar apoyo económico. En su testamento declaró que, “aunque tanto mi señora esposa como yo trajimos algunos cortos intereses a nuestro matrimonio, todo absolutamente se acabó y desapareció con la guerra de nuestra independencia”.

La guerra le dejó un cúmulo de experiencias de las que posteriormente echaría mano, además del conocimiento adquirido en aquellas tierras y con ello —y quizá lo más significativo y determinante para sus ulteriores andanzas—, lograría establecer estrechas relaciones con los habitantes de esa zona, darse cuenta de sus problemas, sumarse a la demanda por el reconocimiento de sus derechos; acordarse o servirse de ellos en los momentos indicados. Los hombres del sur tendrían en mente las actuaciones que Juan Álvarez tuvo en el “Aguacatillo, el ataque a la fortaleza de San Diego en Acapulco, Tixtla, el Cerro del Veladero y luego la campaña de Tierra Caliente”.

Con dichos antecedentes, ¿cómo no convertirse en uno de los principales caudillos militares y proyectarse como una figura política nacional de gran influencia?

México debió pasar pruebas de sangre para demostrarse, a sí mismo y al resto de las naciones su calidad como entidad libre y soberana. Después del primer gobierno monárquico, se llevaron a la práctica diversos experimentos políticos, con cambios y ajustes registrados en la historia del siglo XIX.

Recomendado por el propio Vicente Guerrero ante Iturbide como “el jefe de más prestigio en la Costa del Sur”, ocupó la comandancia militar de Acapulco de 1821 a 1823, año este último en el que se unió a los generales Guerrero y Nicolás Bravo contra el primer imperio. De 1824 a 1827, se desempeñó de nueva cuenta como comandante militar de Acapulco.

En 1828 tomó las armas secundando el Plan de Santa Anna contra la elección del general Manuel Gómez Pedraza para presidente de la República. Defendió, como era de esperarse, a su antiguo jefe: Vicente Guerrero. A la muerte de éste, decidió reconocer el gobierno de Anastasio Bustamante, no obstante se sintió el continuador de Guerrero. Mantuvo vivo el culto regional a la memoria del general, lo mencionó en sus discursos, y más aún, instituyó el 14 de febrero —fecha de la caída del héroe— como día de riguroso duelo.

De 1830 a 1831, destacó como la principal figura de la “guerra del sur” cuando luchó contra Nicolás Bravo, quien había sido enviado por el presidente Bustamante para contrarrestar el poder de Álvarez en aquel sitio. En 1832 llegaron a un acuerdo, pero los cambios ocurridos en el ámbito nacional y la propia dinámica local mantendrían fluctuantes las relaciones entre estos dos hombres otrora insurgentes.

Un personaje más a quien por momentos Juan Álvarez apoyó y en otros combatió fue nada menos que el general Antonio López de Santa Anna. Este vínculo de cercanía-lejanía prevaleció poco más de tres decenios.

En 1838, se sublevó junto con sus hombres en contra de los invasores franceses. La misma decisión tomó en 1847, cuando los norteamericanos ocuparon territorio mexicano.

Configurado como el hombre poderoso, Álvarez tuvo varios excesos. A decir de Fernando Díaz y Díaz:

[…] impuso contribuciones, exigió préstamos, quemó haciendas, persiguió enemigos, privó de la libertad a opositores, protegió a los perseguidos por la ley, obedeció o contrarió los dictámenes del supremo gobierno, forzó la voluntad de los pueblos, decretó la paz o la guerra en su región e impuso la máxima pena a quienes consideró merecedores de ella o premió a sus colaboradores basado sólo en su juicio personal.

Si una constante aparece en la semblanza de Juan Álvarez, es aquella que se entreteje con su espíritu defensor. Hemos citado que convivió muy de cerca con los indígenas, el acercamiento que tuvo con ellos se dio en distintos momentos (1832, 1834, 1845, 1857). Pero en donde mejor se observa la simpatía a éstos, es en el Manifiesto a los pueblos cultos de Europa y América lanzado en 1857. En tal documento, el agrarismo en favor de los indígenas aparece como bandera primordial.

Acercándose a los sesenta años de edad, Juan Álvarez entabló negociaciones pertinentes para que la Tierra Caliente del Estado de México se separara y se creara el actual estado de Guerrero. Esos tratos quedaron coronados en 1849 al convertirse Álvarez en el primer gobernador de la nueva entidad.

Pero las hazañas de este hombre no pararían allí. El 1 de marzo de 1854, proclamó el Plan de Ayutla. El propósito fundamental era deponer la dictadura de Santa Anna. Una vez más dirigió a los pintos —así se les conocía a sus partidarios— hacia distintos encuentros con el enemigo, contribuyendo al triunfo que posibilitó el establecimiento de un Congreso con carácter nacional para elaborar la Constitución liberal de 1857. Del 4 de octubre al 11 de diciembre de 1855, se hizo cargo, de manera interina, del Poder Ejecutivo.

Pero aún estaba por venir la gran década nacional (1857-1867). En estos años, Juan Álvarez se sumó a los liberales que defendieron la Carta Magna durante la Guerra de Reforma y se enfrentó a otra ocupación extranjera nuevamente encabezada por los franceses, que condujo a la imposición del emperador Maximiliano de Habsburgo.

Juan Álvarez murió el 4 de agosto de 1867, en la Hacienda La Providencia, Guerrero. Tal parece que dejó vencerse hasta ver consolidada la Independencia nacional.

Finalmente, sus restos fueron inhumados el 27 de diciembre de 1922 en la Rotonda de las Personas Ilustres en el Panteón de Dolores de la Ciudad de México.

Conocido durante la guerra de Independencia como El Gallego, considerado el Dios del Sur por los indígenas, visto por sus paisanos como el protector, como un padre y de ahí el apelativo del Tata Juan, declarado partidario del sistema republicano, federalista y liberal, Juan Álvarez se perfiló como el cacique por excelencia de la zona del sur, pese a la presencia de otros hombres con cierta influencia, como Nicolás Bravo o Florencio Villarreal. Fue visto con respeto al término de la Independencia por cuantas capacidades de liderazgo pudo desplegar, pero fue considerado por algunos como “un regular soldado” por su papel sombrío durante la guerra contra Estados Unidos, debido a la interiorización de cierto regionalismo, misma característica que le impidió —más allá del interinato— hacerse cargo de la primera magistratura del país, después de haber iniciado el movimiento que derrocó la dictadura de Santa Anna.

Juan Álvarez, figura básica —en medio de intereses y luchas políticas— en la creación del estado de Guerrero, también se llevó la crítica de sus detractores, los cuales no encontraron rasgo positivo alguno en la formación de una entidad federativa específica, al favorecer el cacicazgo de los Álvarez.

Sin embargo, la vida y obra de Juan Álvarez no se reduce a un cúmulo de luces y sombras, pues en ello interviene una ambigüedad salpicada tanto de la personalidad de un individuo como de las redes sociales establecidas en un momento preciso de la historia. La vida de aquel niño nacido hace 221 años tomó distintos derroteros que pueden rastrearse para comprender nuestro pasado. Sirva esta efeméride para acercarnos al hombre que poco antes de morir era el último caudillo vivo de la Independencia.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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