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El gobierno de Huerta y la "espera vigilante" de Estados Unidos

 

Por Elsa Aguilar Casas
Investigadora del INEHRM

 

Febrero de 1913 fue un momento coyuntural en la historia de México. Los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez y la toma del poder del general Victoriano Huerta por medio de esa cínica artimaña en la que participó el presidente de la República que menos tiempo ha permanecido en el cargo, Pedro Lascuráin, fueron hechos que abrieron paso a una nueva etapa de la Revolución mexicana. No habían pasado más de 45 minutos de la toma de posesión de Lascuráin, cuando ya había nombrado a Huerta secretario de Gobernación y ya había firmado su renuncia al cargo recién asumido de primer mandatario del país, de forma tal que, por ley, Huerta era quien debía ocuparse de la presidencia. La presidencia fue legal, sí; legítima, no.

El Pacto de la Embajada, firmado por Huerta y Félix Díaz la noche del 18 de febrero de 1913, fue el instrumento por el que los antimaderistas vieron consumado su proyecto de tomar las riendas del país. Dicen que el fin justifica los medios y el gobierno que asumió el poder el 19 de febrero de 1913 se valió de todos los medios posibles para lograr su objetivo: cuartelazo, asesinatos y cualquier tipo de negociaciones en lo oscurito, de tal suerte que Huerta ya había quitado todos los obstáculos en su camino y era el nuevo presidente de los mexicanos, el presidente que muchos deseaban, el hombre de mano dura que tanto exigían algunos que acusaban a Madero de débil y de incapaz, aunque después lo negaran.

Cuando Huerta llegó a Palacio Nacional, se enfrentó a los problemas de organización de cualquier nuevo gobierno y, como es de imaginarse, también a muchas dificultades surgidas por la ilegítima forma de llegar al poder. Pronto vino el desconocimiento de algunos gobernadores del norte del país, encabezados por Venustiano Carranza, pero es importante señalar que también hubo quienes otorgaron su reconocimiento a ese gobierno; de entrada, el cuerpo diplomático acreditado en tierras mexicanas, y a principios de mayo se dio a conocer que los monarcas de España, Alfonso XIII, y de Inglaterra, Jorge V, también reconocían al general mexicano como nuevo presidente de México.

Eso en cuanto a gobiernos extranjeros, pero en México ¿quién apoyó a Huerta? Para comenzar, el ejército, algunos sectores acaudalados, así como el alto clero católico y muchos de sus fieles, y también gente de clase media, hacendados, empresarios nacionales y extranjeros que no encontraron en Madero al hombre capaz de gobernar a este país. De plano, en aquellos primeros días del gobierno usurpador, se oía decir en las reuniones, en los restaurantes y cafés más populares “¡ahora sí tenemos presidente!… ¡Qué diferencia con el títere de Madero!”, es decir, contrariamente a lo que suele pensarse, su prestigio de hombre duro e inteligente sí le ganó a Huerta el apoyo de mucha gente.

De acuerdo con la forma en que ocurrieron los hechos de febrero, en los que el embajador norteamericano Henry Lane Wilson se metió hasta la cocina, interviniendo de una forma totalmente descarada en el conflicto mexicano, se podría pensar que  Huerta contaría con el apoyo norteamericano, pero las cosas no fueron así, pues el otro Wilson, el que ocupó la Casa Blanca a principios de marzo de 1913, el presidente Woodrow Wilson, se opuso.

¿Cuál fue entonces la actitud de los vecinos del norte hacia el gobierno de México? Desde un principio, el presidente Wilson evitó hacer pública su posición respecto a la Revolución mexicana, y puso en marcha una política de “espera vigilante”, que consistía en prohibir la venta de armas a cualquiera de los grupos revolucionarios, evitando así interferir en el desarrollo de los hechos, y en que más bien observarían el desarrollo de la lucha. Pero la verdad es que su posición no fue sólo expectante ni mucho menos neutral. Como fundamento de su política exterior, Estados Unidos afirmó que apoyaría sólo a los gobiernos legalmente constituidos y que desconocería a los que hubieran asumido el poder por medio de algún movimiento armado, es decir, Victoriano Huerta tenía que poner sus barbas a remojar porque éste era precisamente el caso de su gobierno.

El presidente norteamericano manifestó que no pretendía intervenir en los asuntos de México, sino que sólo quería apoyar a los mexicanos en el establecimiento de prácticas democráticas. Para empezar, llamaba la atención sobre tres asuntos que debían resolverse lo antes posible: 1) el cese al fuego por un armisticio inmediato; 2) el compromiso de organizar elecciones libres y prontas en las que Huerta no fungiera como candidato, y 3) el acuerdo de que éste aceptaría el resultado de las elecciones y colaboraría con el nuevo gobierno. Dichas “sugerencias” llegaron acompañadas de un ofrecimiento de apoyo económico, pero el canciller mexicano, Federico Gamboa, las rechazó, pues vio esa propuesta como un soborno y una clara intromisión en los asuntos internos de México.

Para mover otros hilos contra Huerta, el gobierno del presidente Wilson exhortó a Gran Bretaña y a Francia a que no concedieran préstamos a México. La tensa situación que se vivía en el viejo continente y que lo encaminaba a una gran guerra fue una circunstancia determinante en la toma de decisiones de aquellos gobiernos respecto a nuestro país, pues para ellos era primordial contar con el apoyo de Estados Unidos para resolver sus problemas. México pasaba a segundo plano.

En noviembre de 1913 la posición norteamericana hacia el gobierno de México se tornó más severa. Wilson anunció un bloqueo económico al gobierno de Huerta; quería orillarlo a presentar su renuncia, pero él se resistía a soltar el poder. Al poco tiempo se levantó la prohibición de venta de armas a los mexicanos, lo cual benefició a los constitucionalistas, que se abastecieron para avanzar hacia el centro.

La situación era cada día más tensa, pero la “espera” del presidente Wilson encontró el momento ideal para intervenir en México en abril de 1914, luego de que algunos miembros de la tripulación del buque estadounidense Dolphin fueron detenidos en Tampico. Realmente no pasó nada grave, al recibir la declaración de los norteamericanos de que sólo iban a cargar gasolina fueron puestos en libertad; sin embargo, la cancillería de Estados Unidos exigió un desagravio por parte de las autoridades mexicanas. Como si se hubiera cometido una crueldad o una gravísima ofensa contra sus hombres, los norteamericanos exigieron la aplicación de un castigo para aquellos que los detuvieron y el izamiento de su bandera en algún lugar público, acompañado de un saludo con el disparo de ¡21 cañonazos! Los mexicanos simplemente cumplieron con su deber al darse cuenta que aquellos habían entrado a México sin permiso. Todo fue llevado al exceso, pero así Wilson encontró el pretexto ideal para concretar sus planes.

En primera instancia, el gobierno mexicano rechazó los reclamos, aunque, buscando conciliar, manifestó que haría dicho ceremonial si los norteamericanos correspondían con un acto similar hacia la bandera mexicana. Como es de imaginarse, los vecinos rechazaron esa propuesta. En esas circunstancias, Wilson dio por hecho que el último recurso para solucionar el “conflicto” era la vía de las armas. Y, por si fuera poco, la gota que derramó el vaso fue la noticia de que el barco alemán Ipiranga venía a Veracruz cargado de armas y municiones para el gobierno de Huerta.

El 21 de abril, el presidente Wilson dio la orden de invadir Veracruz. De varios buques que estaban fondeados en el Golfo de México descendieron los norteamericanos para tomar el puerto de Veracruz. Pronto la ciudad se convirtió en un campo de batalla. La superioridad del invasor fue notoria, y los invasores tomaron los edificios de correos y de telégrafos, la aduana y la estación de ferrocarril, así como algunas calles principales. La lucha fue desigual, y se desarrolló en un contexto nacional dividido por la lucha que los constitucionalistas libraban contra el gobierno de Victoriano Huerta, de manera que los veracruzanos se quedaron solos ante los invasores.

El 23 de abril los norteamericanos tomaron completamente la ciudad, e instalaron una administración que quedó al frente del puerto. Durante la ocupación, los representantes diplomáticos de Argentina, Brasil y Chile buscaron mediar para resolver el conflicto y para evitar que tomara mayores dimensiones. Hubo reuniones, charlas y negociaciones que fueron zanjando las diferencias, aunque la verdad es que no se resolvió nada en concreto. La realidad es que había ya un conflicto internacional que ocupaba la atención y la presencia de las potencias: la Primera Guerra Mundial. El 22 de noviembre comenzó la retirada de los estadounidenses del puerto de Veracruz, con lo que se dio por terminado el conflicto de Estados Unidos con México.

Si la política internacional era tensa y complicada en esos momentos, en el plano nacional la situación se tornaba cada vez más difícil ante el avance los constitucionalistas. Al gobierno de Huerta le quedaba poco tiempo de vida, el gobierno emanado del cuartelazo caería pronto, y Victoriano Huerta se vería forzado a salir al destierro, para acabar sus días en una prisión de Estados Unidos.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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