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Federico Gamboa
Entre la luz de las letras y la sombra del huertismo

 

Por Elsa V. Aguilar Casas
Investigadora del INEHRM

 

El 15 de agosto de 1939 murió el escritor mexicano Federico Gamboa, quien alcanzó reconocimiento nacional e internacional por su novela Santa. Es lugar común asociar directamente a la obra con el autor y que se diga con gran naturalidad “Gamboa, el de Santa”, pero ni ésa fue su única obra ni la escritura fue su actividad exclusiva; también ejerció la política y la diplomacia, aunque sí, es cierto, la historia de aquella joven que fue echada de su casa por “dar el mal paso” y que terminó sus días en un burdel fue la que lo hizo famoso y, como él mismo decía, fue la mujer que le dio para comer.

Federico Gamboa Iglesias nació y murió en la Ciudad de México. Fue hijo de un general que combatió la invasión estadounidense de 1846-1848 y que luego se sumó a las filas del emperador Maximiliano; la vena literaria le vendría acaso por el lado materno, ya que su madre, Lugarda Iglesias, era hermana del jurista y escritor José María Iglesias.

Nacido en 1864, la juventud de Federico transcurrió en medio de la “grilla” política de su tío, que se erigió como defensor de la legalidad ante la reelección presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada, y a lo largo de todo el porfiriato. Estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, aunque no pudo concluir la carrera porque se vio obligado a trabajar al morir su padre. Sus primeros empleos fueron como escribiente en un juzgado civil, luego fue corrector de pruebas de una revista, y en ese camino se fue introduciendo al mundo del periodismo. En El Diario del Hogar escribió comentarios teatrales, crónicas y cuentos; en el Rascatripas,sus versos, y también fue colaborador de El Lunes.

Hombre de ciudad, de la Ciudad de México, acostumbrado al bullicio de la urbe en la que nació, asiduo practicante de la vida nocturna —que dicho sea de paso, era bastante intensa— Gamboa fue un observador atento de las calles, de la gente y de los placeres de la noche. El también escritor Emmanuel Carballo ha descrito a Gamboa “más que un experimentador de la realidad, [como] un observador minucioso. La ruindad, el vicio y la miseria actúan en él, quizá, como estimulantes que encienden su pluma”.

La incursión de Gamboa en el terreno de la política, de la política exterior concretamente, fue impulsada por Gustavo Baz, quien lo motivó a presentar las pruebas necesarias para ingresar al servicio diplomático, lo cual realizó con buenos resultados en 1888. Uno de los miembros del jurado que dictaminó al aspirante a diplomático fue ni más ni menos que Ignacio Mariscal, el enraizado secretario de Relaciones Exteriores del régimen porfiriano, con quien dos décadas más tarde compartiría la responsabilidad como subsecretario de dicha cartera, y a quien, por causa de muerte, se le ordenó reemplazar, aunque tan sólo por unos días.

La primera encomienda diplomática de Gamboa fue la de secretario segundo de la Legación Mexicana en Centroamérica, que comenzó a desempeñar en octubre del referido 1888, a la edad de 24 años. Esta faceta de su vida no fue un obstáculo para seguir plasmando con su pluma la inspiración que brotaba de su imaginación, sino todo lo contrario. En 1990 fue ascendido a primer secretario de la representación mexicana en Argentina y Brasil, motivo por el cual instaló su residencia en Buenos Aires, donde vivió durante tres años.

Al concluir ese encargo, regresó a la Ciudad de México, interrumpiendo así su quehacer diplomático por causa de los recortes presupuestales aplicados en la Secretaría. De vuelta a la dependencia en 1896, fue nombrado jefe interino de la sección de cancillería, y luego se le envió a Guatemala como encargado de negocios interino. Ya estando allí se le expidieron credenciales para que, de paso, representara a México en los países contiguos, léase Honduras, Costa Rica y Nicaragua. Luego vino el salto al vecino país del norte; en 1902 se le nombró primer secretario de la embajada mexicana en Washington, pero luego de tres años fue enviado nuevamente a Centroamérica.

Gamboa, ni duda cabe, fue creciendo de la mano del régimen del general Porfirio Díaz. Habían pasado ya veinte años desde que tomó la primera encomienda diplomática, cuando en 1908 —el año en el que el presidente Díaz declaró al periodista norteamericano James Creelman que el pueblo de México estaba preparado para escoger y cambiar sus gobernantes— se le designó subsecretario de Relaciones Exteriores con carácter de interino, pero al año siguiente se le quitó aquello del interinato y fungió como subsecretario efectivo. Ese año, pues, fue importante porque diversificó sus actividades en los ámbitos político y cultural: ocupó un escaño como diputado por Chihuahua en el Congreso federal; ascendió a miembro honorario de la Sociedad de Geografía y Estadística; se hizo miembro de la American Society of International Law; presidente de la Sociedad para el cultivo de las Ciencias y las Artes, y miembro de la Sociedad de Escritores y Artistas de España. Todo esto se coronó en 1909 con el nombramiento como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Claro, porque, ya se dijo, su pluma no descansó y era ya un escritor popular con varias publicaciones circulando, entre ellas, su Santa, que era profusamente leída por todo tipo de público desde que salió a la luz en 1903.

Pero, como se señaló antes, Santa no fue su única creación, por más que sea leída y re leída por generaciones. Otras de sus obras son: Del natural (1889); Apariencias (1892); Impresiones y recuerdos (1893); La última campaña (1894); Divertirse (1894); Suprema ley (1896); Metamorfosis (1899); Santa (1903); La venganza de la gleba (1905); A buena cuenta (1907); Reconquista (1908).

Con el año de 1910 llegó el Centenario de la Independencia de México y las fastuosas celebraciones en las que participó activamente el diplomático y escritor.  Pero en el país las aguas políticas ya estaban turbias, y ese año llegó acompañado también por una efervescencia política que inundaba el ambiente en diversos sectores sociales. En noviembre llegó la revolución encabezada por Francisco I. Madero. Unas semanas después, Gamboa salió de viaje a Europa para cumplir con una nueva encomienda diplomática. Así, miró desde lejos la caída del viejo dictador y el ascenso del joven revolucionario coahuilense, hasta que en 1913 el destino lo llamó nuevamente a México.

Estando allá, en el viejo continente, le llegó la orden de volver al país. Era una instrucción de parte del nuevo presidente de la República, el general Victoriano Huerta quien, como es sabido, asumió el poder de forma ilegítima en febrero de 1913 tras los asesinatos del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez. El llamado era para formar parte del gabinete huertista. Sabiendo cómo habían ocurrido los hechos de febrero, pudo haber dicho que no, más aún cuando en algunas páginas de Mi Diario se leen opiniones negativas sobre Huerta; sin embargo, llegó a la capital del país y asumió el cargo de secretario de Relaciones Exteriores, firmando con eso su sentencia al destierro, que vendría un año después, al triunfo de los constitucionalistas sobre el gobierno de Huerta.

El Primer Jefe puso en práctica una ley juarista expedida el 25 de enero de 1862 que castigaba con pena de muerte a asaltantes y salteadores de caminos, pero le hizo modificaciones para castigar a los colaboradores de Victoriano Huerta, “a sus cómplices, a los promotores y responsables de las asonadas militares operadas en la capital de la República… [la ley castigará] a todos aquellos que de una manera oficial o particular hubieren reconocido o ayudado, o en lo sucesivo reconocieren o ayudaren, al llamado Gobierno del General Victoriano Huerta”. Ante la indudable represalia de los revolucionarios, Gamboa, como muchos otros identificados con el huertismo, tomó el primer barco que pudo y salió del país rumbo a Estados Unidos, donde permaneció aproximadamente un año, para luego refugiarse en Cuba.

El exilio terminó en octubre de 1919, fecha en que pudo volver a pisar tierra mexicana. Dio clases, escribió, vio cómo su Santa fue hecha película. Con subidas y bajadas, recibiendo el beneplácito de un gobernante y el desprecio de algún otro por su pasado huertista, Federico Gamboa llegó al final de su vida el 15 de agosto de 1939.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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