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Día del Ejército Mexicano:
Lealtad y valor a toda prueba

 

Por Rafael Hernández Ángeles
Jefe de Atención al Usuario y Control de Acervos del INEHRM

 

El 19 de febrero se celebra en México el Día del Ejército Mexicano en conmemoración de los hechos ocurridos en esa fecha en 1913. El entonces gobernador del estado de Coahuila, Venustiano Carranza, informó al Congreso local que Victoriano Huerta se había hecho cargo del Poder Ejecutivo en la Ciudad de México. Tras consultarlo con los legisladores coahuilenses, Carranza proclamó un decreto que en su primer artículo desconocía a Huerta en su carácter de Jefe del Poder Ejecutivo. En el artículo segundo, dicho Congreso otorgaba a Carranza facultades extraordinarias para armar fuerzas que ayudaran a sostener el orden constitucional, roto por el golpe de estado de Huerta contra el presidente Francisco I. Madero. Por último, el decreto exhortaba a los demás gobernadores, jefes militares y al pueblo en general a sumarse a su causa.
Así comenzó una de las etapas más sangrientas de la Revolución mexicana. Con este decreto se establecieron las bases legales para el nacimiento de un nuevo ejército, el cual adoptó una organización estrictamente jerarquizada, apartándose de la lucha espontánea y sin coordinación de las tropas maderistas. A la cabeza del mismo estuvo Carranza, quien nunca aceptó cargo militar formal alguno.
Es correcto considerar que el Ejército nacional fue producto de la Revolución mexicana, ya que, en muchos aspectos, es la encarnación genuina de los ideales por los que se luchó. En otras palabras, el Ejército mexicano se convirtió en la institución revolucionaria básica. Como lo señalan los propios historiadores militares, el mexicano es un ejército salido del mismo pueblo. Sin embargo, la conformación del nuevo cuerpo militar no sería fácil. Primero se tuvo que derrotar al viejo ejército federal, lo que tomó casi 15 meses de lucha cruenta y más de cinco para triunfar sobre las diferentes facciones revolucionarias.
Desde luego, la tradición del Ejército mexicano no se inició con el decreto del 19 de febrero de 1913. Para algunos historiadores del tema militar, los antecedentes de esta institución se remontan a la época prehispánica, ya que las principales culturas mesoamericanas que ocuparon el actual territorio nacional contaban con cuerpos especializados de guerreros, cuya principal misión era defender la extensión territorial de los reinos y, en muchos casos, extenderlos. Se evoca en nuestra historia patria la defensa de los pueblos indígenas en la conquista española, particularmente la lucha de los mexicas en contra de los ejércitos de Hernán Cortés. Tras el sometimiento de los pueblos del Valle de México, se iniciaron expediciones hacia el occidente y norte del país. Las fuerzas de incursión estaban compuestas por soldados españoles y por indígenas sometidos, a quienes se les llevaba a combatir por la fuerza. Estas marchas eran mortales para los soldados indígenas: morían por los cambios drásticos de temperatura (de clima templado a calor o frío extremos), por las enfermedades virales o por la fiereza de los indios bárbaros del norte.
Durante la Colonia se establecieron cuerpos militares fijos o estables en las principales ciudades del Virreinato de la Nueva España. Lo anterior para proteger los puertos marítimos o defender los puntos fronterizos del norte, cuya lucha en contra de los apaches y otros grupos étnicos continuaría hasta muy avanzado el siglo XIX. En el ejército virreinal los soldados rasos solían ser naturales de la Colonia; las jerarquías medias estaban destinadas a los criollos, descendientes de españoles nacidos en América, quienes no tenían esperanza de ascender más allá de capitán, pues el alto mando estaba destinado exclusivamente a españoles. Esto provocó un resentimiento entre los militares americanos, lo que explica por qué muchos criollos militares se unieron a la lucha de la Independencia Nacional, iniciada en 1810.
Durante la primera mitad del siglo XIX, el ejército fue fiel reflejo de la situación imperante en el país, caracterizada por la inestabilidad política, el nulo crecimiento económico y el caos social. Las fuerzas armadas estaban al servicio de diferentes caudillos que se disputaban el poder político, por lo que fueron comunes las asonadas, motines y rebeliones encabezadas por militares. No obstante, durante este periodo se debe destacar también la lucha por la defensa de la soberanía nacional realizada por las fuerzas armadas decimonónicas: primero en 1829, cuando se repelió el intento de reconquista española, la defensa del Puerto de Veracruz ante la invasión francesa de 1838; la salvaguarda del territorio del norte ante la separación de Texas, en 1839, y durante la invasión norteamericana de 1845 a 1848. En estas acciones bélicas destacó el valor y compromiso del soldado mexicano.
Entre 1854 y 1876 las asonadas y motines militares siguieron siendo una constante, lo mismo que las intervenciones y las invasiones armadas. De nueva cuenta los soldados mexicanos tuvieron que luchar contra un enemigo extranjero y contra sus propios hermanos, durante la disputa de dos proyectos de nación.
Con la llegada de Porfirio Díaz al poder, el país entró en un periodo de paz. Se logró estabilizar la economía y entrar en crecimiento: se desarrollaron las fuerzas productivas del país, se atrajeron inversiones, se comunicó al país a través de las líneas férreas; en síntesis, se logró paz y progreso a un alto costo social. El ejército federal se modernizó: se estructuraron los cuerpos, se emitieron (y se cumplieron) ordenanzas, se gestionó la profesionalización de las clases militares, se crearon cuarteles y se dividió al país en zonas militares.
Por ello, lo que conmemoramos en esta fecha es la transformación del ejército federal en el Ejército Nacional; es decir, la vuelta definitiva al vínculo estrecho entre pueblo y sus fuerzas armadas. Tras el triunfo de la Revolución mexicana, el numeroso ejército resultaba una carga onerosa para la maltrecha economía del país, por lo que se tomaron medidas a fin de disminuir paulatinamente el número de elementos que lo conformaban. Durante la presidencia de Plutarco Elías Calles (1924-1928), y bajo el mando del general Joaquín Amaro, entonces secretario de Guerra y Marina, se realizaron reformas sociales, militares, disciplinarias y económicas para modernizar al ejército revolucionario y convertirlo en una institución fuerte, sostén del Estado posrevolucionario, función que cumple cabalmente hasta nuestros días.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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