e5inco

Rotonda de las Personas Ilustres
Archivo General de la Nación
Los Servidores públicos responsables de la información publicada en el Portal de Obligaciones de Transparencia, certifican la veracidad de la misma
Instituto Mexicano de la Radio
Transparencia Focalizada
IFAI
INFOMEX
 

Francisco González Bocanegra:
poeta, orador y dramaturgo

 

Por Raúl González Lezama
Investigador del INEHRM

Vióme nacer el suelo mejicano,
la brisa me arrulló de sus pensiles;
y el apacible cielo gaditano
miró correr mis años infantiles.

Francisco González Bocanegra
21 de enero de 1855

En 1901 Manuel G. Revilla, escribió: “Mucho se sabe de la formación del Himno Nacional; poco se sabe, en cambio, del autor de la letra”. En nuestros días esta afirmación continúa vigente, pero debemos agregar que conocemos mucho menos el resto de su labor literaria. Su prematura muerte –cuando contaba con tan sólo 37 años– impidió que su producción fuera más abundante y que alcanzara su madurez como autor. Contribuyó también a su anonimato su carácter: más que timidez, una gran modestia le impidió tratar de ser reconocido o admirado buscando colocarse en primera fila.
Nacido en San Luis Potosí el 8 de enero de 1824, fue bautizado con el nombre de Francisco de Paula Luciano José Antonio Agustín del Carmen de san Rafael; a secas: Francisco González Bocanegra. Hijo de padre español y madre mexicana, padeció a edad temprana el destierro debido al ordenamiento del primer gobierno federal mexicano que decretó la expulsión de los oriundos de la Península Ibérica. Ocho años permaneció la familia en el puerto de Cádiz, donde Francisco recibió la educación inicial, volviendo cuando la independencia de México fue reconocida por España.
Para sostener a su familia, Bocanegra desempeñó varios cargos dentro de la administración pública: oficial archivero de la Administración General de Caminos durante el gobierno de Antonio López de Santa Anna, censor de teatro y director del Diario Oficial del Supremo Gobierno en la administración de Miguel Miramón.
Al finalizar la Guerra de Reforma, temiendo alguna persecución en su contra por haber servido y elogiado al gobierno conservador, Francisco buscó asilo en casa de su tío materno José María Bocanegra, a pocos metros de aquella en la que escribió su obra inmortal. Por las noches, disfrazado de indio, salía de su escondite y realizaba breves visitas a su familia. Murió Bocanegra víctima del tifo, en un oscuro sótano donde se había refugiado. Los periódicos publicaron obituarios lamentando la desaparición de un joven poeta y dramaturgo que aún tenía mucho que aportar a las letras, pero ninguno de ellos hizo mención de que había sido el autor de la letra del Himno Nacional.
Su musa poética fue su novia –que luego fue su esposa– Guadalupe González del Pino. A Elisa, como la bautizó en su obra, además de la inspiración debe su lugar en la historia, pues, según la anécdota confirmada por sus descendientes, la prometida del poeta preparó en una apartada habitación todos los instrumentos que pudiera necesitar para componer; luego, con engaños, lo encerró bajo llave y no le permitió abandonar su cautiverio hasta que hubo puesto punto final a la composición con la que compitió y ganó el concurso convocado para escribir la letra del que sería  nuestro Himno Nacional.
Como poeta, Francisco escribió poco y publicó mucho menos, porque sentía que su canto era algo muy propio y muy íntimo que debía reservar para su persona y para la mujer fuente de su inspiración. Ya viuda del poeta, fue ella quien se opuso a la publicación de una colección de 46 poemas que el autor había reunido bajo el título de Vida del Corazón; motivo por el cual, hasta 1954, sólo habían sido publicados 22, a los que se suman otros quince –no comprendidos en la obra citada– que entre 1849 y 1860 aparecieron en periódicos de la época. En compensación, no es posible cuantificar la cantidad de veces que la letra del himno ha sido publicada o interpretada.
El Bocanegra dramaturgo escribió una pieza teatral en cuatro actos, con el título de Vasco Núñez de Balboa, la que se estrenó en el Teatro Iturbide en 1856. Una de las más significativas críticas que le atrajo esta primera incursión por las tablas fue la del español José Zorrilla quien dijo: “Su plan está bien combinado, pero conducido a su fin con demasiada lentitud, a causa de la versificación más lírica que dramática, que entorpece sus diálogos…”
Olavarría y Ferrari salió en su defensa: “Como primera composición dramática del distinguido poeta, el Vasco Núñez de Balboa no estuvo libre de defectos; pero no es despreciable composición, según han pretendido malévolos e indigestos críticos”.
Dejó también, aunque inconclusa, una segunda pieza que se llamaría Faltas y expiación, de la que sólo llegó a escribir el primero de los tres actos que tenía previstos.
Aun cuando sus apariciones no fueron muy numerosas, fue, sin embargo, más conocido del público como orador y declamador. Su debut lo realizó en el Liceo Hidalgo en 1850, donde pronunció su Discurso sobre la poesía nacional. Años más tarde le correspondió pronunciar, en el Teatro Nacional, el discurso en honor a los héroes de la Independencia la noche del 15 de septiembre de 1854, misma en que se interpretó por primera vez el Himno Nacional, ya con la música compuesta por Jaime Nunó. Su última aparición antes de su muerte fue el 21 de noviembre de 1855 en la ceremonia de distribución de premios del Colegio de San Juan de Letrán.
Como censor de teatro no se muestra de ninguna manera severo o intransigente; en cambio, gracias a esa actividad, conocemos el juicio sobre los valores morales y el mérito literario de 97 obras. Sus opiniones, escritas por propia mano entre el 12 de mayo de 1859 y el 19 de enero de 1860, se conservan en una libreta de 95 páginas, empastada en cartón azul. Del total de las obras reseñadas, únicamente recomienda se prohíba la escenificación de seis, y sólo en el caso del drama en tres actos, La vuelta al mundo, lo vemos mostrarse con más rigor, y eso por referirse a un tema histórico y tocar en algún punto la época de nuestra Independencia. Dice: “Por tratarse de nuestra historia, no debe permitirse que los sucesos se adulteren, ni mucho menos exponerlos a que reporten el ridículo”. En cuanto al juicio literario, es parco en los elogios.
Sus opiniones, en su doble función de crítico y censor, aportan mucho al conocimiento de la personalidad de Bocanegra, y en ellas se refleja –en opinión de Joaquín Antonio Peñalosa-: “el hombre apegado a su recta convicción, el censor de segura orientación moral, el crítico literario de aguda penetración, y el prosista de estilo llano con el que dice lo que piensa y lo que quiere”.
Queda mucho por conocer del hombre y de su obra, merece la pena que en su recuerdo se difunda con amplitud el resto de su obra literaria.

 

orla

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




Francisco I. Madero No. 1, Colonia San Ángel,
Delegación Álvaro Obregón, C.P. 01000, México D.F.