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Entre la esclavitud y la libertad

 

 

Por David Guerrero Flores
Investigador del INEHRM

Hace casi dos centurias, el 6 de diciembre de 1810, Miguel Hidalgo, generalísimo de América, reiteró el decreto de abolición de la esclavitud, emitido el 29 de noviembre de ese mismo año, en congruencia con los principios que inspiraban su lucha contra la opresión, la injusticia y el mal gobierno. El decreto buscaba afirmar aquello que las tropas insurgentes habían buscado mediante el enfrentamiento tenaz contra los ejércitos realistas durante los meses anteriores, consistente en la instauración de una sociedad libre, igualitaria y justa.
Hoy en día, la libertad para decidir sobre nuestra vida es un principio garantizado por las leyes nacionales e internacionales. Sin embargo, lo que ahora es común, hace doscientos años tuvo su contraparte en la institución de la esclavitud, que gozaba de aceptación general y estaba sancionada por las leyes.
Despojar a otro de su libertad individual y someterlo a la condición de esclavo es una práctica muy antigua —sus registros datan de cinco mil años antes de nuestra era, con la formación de las primeras ciudades en Oriente Medio—, y a pesar de todo subsiste hasta nuestros días en países asiáticos y africanos. Los prisioneros de guerra, las mujeres, los jóvenes y los niños tomados en calidad de botín, así como los deudores insolventes y los hijos de esclavos, eran reducidos al estado de servidumbre con el respaldo de directrices jurídicas y sociales.
Durante los siglos XV y XVI, los descubrimientos geográficos y la apropiación de enormes extensiones de territorio en diferentes latitudes del planeta coincidieron con la aceleración del capitalismo mercantilista, lo cual alentó que las tierras conquistadas fueran adjudicadas a súbditos y monarcas dispuestos a explotar los recursos naturales, mediante el sometimiento de la población indígena y el redituable comercio de esclavos negros.
África fue expoliada por mercaderes de origen portugués, español, holandés, inglés y francés, que aprovechaban las guerras tribales para obtener esclavos destinados a las arduas labores del campo, los obrajes, la minería y la arriería. Cada comerciante adquiría licencias de compra, tráfico y venta de negros. Vistas en retrospectiva nos parecen indignantes las condiciones en las que se realizaba este comercio, tratando a los cautivos como ganado, previniendo las evasiones y tumultos con cadenas y grilletes, además de hacinar a miles de ellos en las naves que surcaban los océanos Atlántico y Pacífico. Una vez a bordo se les agrupaba por género y propietario, se les bañaba con agua de mar, se les rapaba, afeitaba y cortaban las uñas, proveyéndolos de paños burdos para cubrir lo esencial y pudoroso de sus cuerpos. En general se les alimentaba con lo mínimo indispensable y se les empleaba en labores de limpieza, así como en la torsión y fabricación de cuerdas y el zurcido de las velas, todo bajo una vigilancia estricta y horarios precisos para salir a cubierta, alimentarse y dormir en las bodegas. Se calcula que más de 20 millones de esclavos negros vivieron esta penosa situación.
Muchos no sobrevivían a la travesía, víctimas de las enfermedades —fiebres, disentería, escorbuto—, de la melancolía o asfixiados por hacinamiento bajo cubierta; sus cuerpos eran arrojados al mar, asumiendo la pérdida como “mercancía arruinada”.
Una vez en tierra, las autoridades administrativas, los comerciantes y los compradores realizaban la compraventa, de acuerdo con reglamentos y prescripciones claramente definidas, anotando sobre la piel de cada una de las nuevas adquisiciones —el rostro, el pecho, las extremidades superiores— sus características físicas, su procedencia geográfica, la embarcación en la que había arribado y la marca del propietario—. En Veracruz y Acapulco, pero también en Campeche y Tabasco, había días de venta y trata de esclavos.  Se prefería a los jóvenes, a las mujeres y a los niños, antes que a los viejos y a los enfermos. Su precio variaba en función de la edad, el estado de salud, la apariencia y la constitución física. Como elemento de  piadosa uniformidad, se bautizaba a todos para la salvación de sus almas, al tiempo que se les imponían nombres cristianos.
Gran cantidad de esclavos fueron destinados a las plantaciones de caña para la producción de azúcar y aguardiente. Immanuel Wallerstein afirma con lucidez que el oro negro del siglo XVII fue el tráfico de esclavos, y que nunca algo tan dulce como el azúcar produjo tanta amargura como la explotación de aquellos desdichados seres. De igual manera se ocupaban esclavos negros en los trabajos de minería, la agricultura, la ganadería, el comercio, los obrajes, la construcción de edificios, las actividades artesanales y en trabajos domésticos de aseo y cocina, llegando a prestar servicios como guardias, lacayos, nodrizas y damas de compañía. Para fomentar la disciplina y el sometimiento constantes se imponía un trato enérgico, acompañado del látigo y de castigos corporales, que iban desde la reprensión verbal y el azote esporádico hasta la horca y la decapitación, como medida ejemplar contra la insubordinación y la fuga.
Los esclavos formaban parte de los bienes materiales de sus amos. De acuerdo con las convicciones de la época, se esperaba que el esclavo hiciera lo posible por guardar a su señor de cualquier daño o deshonra; asimismo, que le obedeciera y procurara la preservación de su honor y el aumento de sus bienes, llegando a sacrificar su vida en caso necesario. A su vez, los preceptos jurídicos y religiosos sugerían tratar a los esclavos con humanidad. El amo podía hacer con su esclavo lo que juzgara conveniente, excepto herirlo o darle muerte sin justificación. A algunos se les enseñaban técnicas artesanales y la habilidad adquirida aumentaba su valor comercial.
Los esclavos procedentes de África ingresaron en una sociedad jerárquica, dividida en estamentos y castas. Los españoles peninsulares y americanos se encontraban en la cima, mediante el control de la política, el derecho, la propiedad urbana y rural, el comercio y los negocios; en otro ámbito estaban los grupos indígenas organizados en repúblicas y sometidos al pago de tributos; por último, los mestizos y una amplia gama de mezclas raciales que integraban las castas.
Desde luego que la aculturación, el mestizaje y la integración de los esclavos negros tuvieron lugar en Nueva España a lo largo de tres siglos. Si bien es cierto que no constituyeron una porción significativa de la población novohispana, sus prácticas religiosas, ritos, creencias, costumbres, vocablos, danzas e instrumentos musicales, se filtraron de manera lenta pero efectiva, dejando huella en las poblaciones costeras mexicanas del Golfo y el Pacífico, sin mencionar una docena de centros urbanos del altiplano y del Bajío. Muchos esclavos negros casaron y tuvieron descendencia con personas de otras razas y grupos sociales, dando lugar a un mestizaje cambiante y dinámico. A otros tantos se les permitió adquirir bienes, así como la compra de su libertad, la de su cónyuge y la de sus hijos.
Antes de la independencia de México, la manumisión del esclavo era un acto de conciencia, voluntario e individual. En vida del propietario se les liberaba por los buenos años de servicio, y de manera habitual a través de los testamentos. Para el último tercio del siglo XVIII, la revolución que supuso el pensamiento ilustrado europeo trasladó los actos espontáneos y humanitarios de la esfera de lo privado a un ámbito de prohibición general de la esclavitud.
Los movimientos insurgentes emprendieron su lucha contra la opresión y el mal gobierno, declarándose a favor de la igualdad, la eliminación de las castas y de los privilegios que no emanaran del esfuerzo y del talento individual. El 29 de noviembre de 1810, Miguel Hidalgo publicó en Guadalajara un decreto de abolición de la esclavitud y supresión de los tributos para las castas. El continuador primordial de la causa, José María Morelos, expresó en el punto 15 de los Sentimientos de la Nación, dictados el 14 de septiembre de 1813: “Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud”. Poco después Morelos emitió un decreto, fechado el 5 de octubre de 1813, que ordenaba la liberación de esclavos. Y si bien las órdenes contenidas en estos documentos no tuvieron un efecto generalizado, sí quedaron como simiente para los congresos constituyentes de nuestro país. Recordemos además que en la guerra de Independencia participaron batallones de mulatos y también personajes destacados como Morelos y Vicente Guerrero con herencia de raza negra.
Ahora que vivimos en un marco de libertad, respaldado por instituciones de formación democrática, legalista y republicana, existen formas de servidumbre que rayan en la esclavitud y en la supresión flagrante de las garantías individuales, como el caso de las mujeres que son vendidas u ofrecidas en matrimonio a cambio de un bien o en pago de una deuda contraída; lo mismo que las mujeres y los menores de edad que caen en las redes de la prostitución, o de los inmigrantes que sin saberlo depositan su suerte y sus aspiraciones en mafias dedicadas al tráfico de personas.
El esclavismo, tan distante y a la vez tan próximo, coloca nuestra reflexión en la senda de una sociedad que legó la defensa de la libertad como un bien que debe sostenerse ahora y siempre.

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Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública • 2013




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